WALDERBLOG - "El desvío de lo real"

domingo, marzo 30, 2008

Crisis del turbocapitalismo, del capitalismo hiperventilado


El asunto no es si hay crisis o cuándo llegará. El asunto es qué profundidad tendrá. Cada semana que pasa, las cosas van de mal en peor. Hace unos años las oscilaciones de los mercados eran las propias de los ciclos económicos, sino esta vez son convulsiones impredecibles. Se trata de un accidente, es un trance profundo, una transformación del metabolismo económico. Como si todas las variables, las habituales y conocidas, las templadas señales, respondieran a otros referentes, a una realidad escondida. Hace sólo unos días atrás, al cierre de esta edición, el precio del petróleo había superado los 111 dólares el barril -¿alguien imaginó esta contingencia un año, meses atrás?-, cada euro se cotizaba a 1,55 dólares, los mercados de acciones sufrían sacudidas histéricas pese a los gigantescos flujos de capital que los grandes bancos centrales les inyectaban para sosegarlos. Operaciones hasta el momento estériles, que sólo estimulan la especulación. Pura especulación. La misma que ha llevado a esta debacle económica.

“Consecuencias impredecibles”, “crisis sistémica del capitalismo global” se ha podido leer y se sigue leyendo. Podemos agregar también que parece el fin del turbocapitalismo, del capitalismo hiperventilado, del capitalismo en su alta fase depredadora, o, en palabras del poeta Armando Uribe, del neoliberalismo capitalista de mercado desregulado. Hay motivos para pensar que esta crisis de los créditos hipotecarios estadounidenses, la debilidad del dólar por los sostenidos déficit, los altos precios del petróleo y también de otras materias primas, son señales de un desorden de todos los formatos. Aun cuando nadie puede saber con exactitud los alcances de esta crisis, ya hay un consenso en cuanto a su magnitud: tanto, que no son pocos los analistas y observadores que sólo toman como referencia el gran crack de 1929, el que marcó la historia económica del siglo pasado. Si pudo ocurrir en aquella oportunidad ¿por qué no también ahora?

El economista cubano Osvaldo Martínez, en una reciente charla en La Habana en el marco del X Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización yProblemas del Desarrollo ha dicho que la actual crisis que enfrenta Estados Unidos es sin duda sistémica, “inscrita en un ciclo recurrente y no como una anomalía o un episodio esporádico”, diagnóstico compartido en el encuentro. La mayoría de los economistas coincidió en cuanto la actual crisis será la de peores efectos, en décadas. Esta crisis, evidentemente, tendrá efectos en el resto del mundo y en Latinoamérica. El belga Eric Toussaint, presidente del Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo, sostuvo que, manteniendo la política económica tradicional, los países en desarrollo verán sus reservas internacionales esfumarse progresivamente y se encontrarán en una situación que puede volverse muy difícil.


Cuando el viernes 14 de marzo el banco central de Estados Unidos rescató de la quiebra al banco Bear Stearns, el quinto mayor de su rubro en ese país, los analistas y otros observadores miraban incrédulos. El único referente a acciones de esta naturaleza estaba en los años 30 del siglo pasado tras la debacle de 1929. Algo, una información aún no compartida, llevó al banco central a tomar medidas tan drásticas. ¿Qué otras sorpresas saltarán en las próximas semanas?

Ante tales augurios, la pregunta que podemos hacernos es cuánto y cómo nos impactará esta crisis sistémica. Porque las crisis no golpean sólo a los poderosos de Wall Street, que bien se las arreglan para recibir los subsidios del Estado, como hemos comenzado a ver, sino con singular fuerza a los más débiles. Sucedió en Chile en la brutal crisis de comienzos de los ochentas, con un banco central chileno muy dadivoso con los banqueros y otros especuladores, y hoy lo mismo está sucediendo con la crisis hipotecaria estadounidense. Los bancos centrales apuntalan el sistema capitalista neoliberal por arriba.


El dólar cae, las bolsas caen, pero suben las materias primas. La especulación financiera, que ha causado la catástrofe del consumo vía las hipotecas impagables o incobrables, se traslada ahora a estos bienes, que los coloca al centro del gran casino financiero mundial. Apuesta principalmente al petróleo, que relaciona con la contingencia política, con Irak, con posibles nuevas guerras (otra vez el rumor de un ataque a Irán recorre el mundo), pero también a otras materias, como el cobre –salvación para Chile-, el oro (¡mil dólares la onza!), la plata y ahora lo hace con los alimentos, también en precios máximos históricos. Se especula con los alimentos principalmente porque pueden transformarse en biocombustibles, pero también porque son un bien necesario y cada vez más, si no escaso, sí limitado. Un proceso en el que ganan esos apostadores, pero pierden todos los seres humanos, empezando, claro está, y como siempre, por los más pobres. La FAO ha calculado que durante el año pasado el precio de los principales alimentos se elevó en un 40 por ciento. Un mercado atrayente para tahúres y especuladores de corbatas de seda, que sin duda seguirá adelante.

Velasco está “espléndido”

“La economía está blindada” es una frase cliché utilizada por el actual y los anteriores ministros de Hacienda y funcionarios de gobierno. Un discurso oficial, construido por este tipo de expresiones vacías. Porque lo cierto es que Chile, aun cuando tiene ciertas reservas, no está muy blindado. Es más, este es uno de los países más abiertos del mundo, por cuanto si hay una debacle financiera de gran magnitud no tendrá ningún mecanismo para cerrar la puerta. Con la firma del TLC con Estados Unidos se eliminó el último de los seguros para regular los flujos de capitales. Ahora, todo lo que entra –y hoy lo que ha llegado son los veleidosos capitales golondrina- puede también salir en un par de días.

Andrés Velasco, el hombre de Hacienda, construye cada semana frases candorosas para la galería, tal vez con la intención de transmitirlas por la televisión. El viernes 14 de marzo, en una reunión con empresarios, dijo que la economía chilena estaba “espléndida” (sic) para enfrentar la crisis mundial, la que sí admitió. Velasco pudo haber dicho está “sólida”, o “firme”, pero optó por “espléndida”, que es como haber dicho “radiante”, o “resplandeciente”, incluso “esplendorosa” o hasta “estupenda”, adjetivos todos de carácter festivo, diríamos frívolo, de salón de baile, que no tienen ninguna relación con el actual trance de altos precios –el día anterior se anunció extraoficialmente un nuevo incremento en las tarifas del gas natural argentino-, bajo crecimiento y total incertidumbre. Tal vez este señor usó el luminoso adjetivo para responder al sombrío diagnóstico que durante la jornada anterior había hecho nada menos que el Banco Central.

El jueves 13 de marzo el Banco Central debía tomar una decisión ante el complejo escenario macroeconómico: alta inflación, bajo crecimiento, el dólar en caída libre. Tan complicada era la situación, que el Banco de marras no hizo nada, o casi nada: mantuvo las tasas de interés en el 6,25 por ciento anual y esbozó un oscuro futuro: “En el ámbito externo, el escenario para los EE.UU. ha continuado deteriorándose, generando alta volatilidad y mayores riesgos en los mercados financieros internacionales. Los bancos centrales de los principales países desarrollados han adoptado medidas adicionales para atenuar los problemas de liquidez. Hasta ahora, las economías emergentes no se han visto mayormente afectadas, aunque el riesgo de escenarios adversos se ha incrementado. Por su parte, los precios de productos básicos han presentado aumentos significativos”.

Exportadores divididos


Ante la debilidad del dólar, los exportadores han comenzado a quejarse, a gimotear –“el ministro Velasco es un insensible”, dijo Luis Schmidt, el presidente de la SNA- como bien lo han venido haciendo durante décadas. Se trata principalmente de la agroindustria exportadora, porque la gran minería del cobre –con un metal a cuatro dólares la libra-, o la industria de pulpa de celulosa, o de harina de pescado, están inundadas de la divisa, aunque esté devaluada. Como han afirmado en un artículo los economistas Juan y José Cademártori, este “sector lo dominan empresas multinacionales y grandes exportadores nacionales que por esta vía aceleran la concentración de la riqueza. Mientras ellos gozan de precios record e inusitadas ganancias, les afecta muy poco la apreciación artificial del peso, en tanto las industrias manufactureras y agropecuarias pequeñas y medianas sufren una pérdida de rentabilidad no compensada por el precio de sus bienes exportados”. Es tanto lo que han ganado y siguen ganando con el alza de los precios, que la baja del dólar les significa una pérdida mínima. “La revaluación artificial del peso es entonces resultado de un boom de un sector exportador que ha gozado de bajas regulaciones tributarias, laborales y ambientales, y que ahora se beneficia del alza de sus precios de exportación”.

El economista de Cenda Hugo Fazio, en una entrevista a rebelión.org, diferencia también a los exportadores en dos categorías. “Los primeros son aquellos cuyos productos están muy altos en los mercados mundiales. A estos la reevaluación del peso les reduce sus márgenes de utilidad, como en el caso del cobre, pero les sigue yendo bien. A los segundos exportadores, que no tienen precios altos, y que están asociados al agro, les afecta negativamente”.

La caída del valor del dólar, que según Velasco ha sido menor que en otros países latinoamericanos, lo que no es consuelo para ningún pequeño exportador, está también impulsada por la total apertura de la economía chilena. Los Cardemartori afirman que “los especuladores internacionales con su entrada incontrolada y de magnitudes desmesuradas aumentan aún más la sobrevaloración del peso”, proceso que se ve abultado por la constante baja de las tasas de interés en Estados Unidos que contrasta con el alza de las tasas de interés en Chile. Este cada vez mayor diferencial de tasas atrae hacia el mercado nacional inversiones, capitales golondrina, que llegan en dólares. Como consecuencia inmediata, la abundancia de dólares –por el cobre, por las otras exportaciones y, ahora, por esta especulación- hacen caer el valor de esta divisa respecto al peso chileno. Ante este fenómeno, ciertamente evidente, cabe recordar a Velasco y sus redundantes afirmaciones: ¡Chile blindado, Chile está espléndido!

El dólar bajo, que complica el negocio de los exportadores más pequeños –que son, sin embargo, pocos en un sector dominado por la gran empresa- ha contribuido en parte a aliviar las presiones inflacionarias, las que vienen por el lado de la energía y de los alimentos. Un encarecimiento de la vida no visto desde hace décadas que sin duda alterará –y ya lo está haciendo- todas las relaciones económicas y laborales. Aunque Velasco no ha querido afirmarlo públicamente, el dólar bajo juega hoy como herramienta para mantener bajo control –si es que un diez por ciento anual significa control- a la inflación, bestia negra de la macroeconomía. El gobierno, de cierta manera, agradece al cielo por este dólar bajo. Porque una inflación galopante, bien se sabe y mal se ha sufrido, desarma no sólo cualquier proyecto económico, sino también político.

Réquiem para la industria nacional

Con un dólar bajo todos los bienes importados se abaratan. Pero también es una realidad que no todo es importado, que existe industria nacional, y que es ésta la que genera empleo. Un dólar bajo, productos importados más baratos, afecta a los productores nacionales que (aún) compiten con artículos indios o chinos, países cuyos productos están favorecidos con tratados comerciales. Estos sectores de la industria chilena, afirma Fazio, “son fuertemente golpeados con la reevaluación del dólar.” No resultaría raro que con esta nueva crisis terminen por quebrar los pocos talleres nacionales que han sobrevivido a la política de apertura comercial, a los diversos TLCs y a la competencia de las importaciones chinas. Esta devaluación del dólar es bien probable que sea el golpe de gracia.

Si hay un deterioro en la producción, habrá necesariamente un deterioro de los niveles de empleo. Fazio afirma: “Chile nunca ha vuelto a los niveles de desocupación de la crisis del 98. No obstante, ahora se está regresando. Las pequeñas y medianas empresas son las que ofrecen más empleo en Chile. Pero ahora están siendo tocadas por la reevaluación del dólar y las tasas de interés de los bancos comerciales. Sólo a veces se les otorga crédito, y si se les brinda, es a tasas descomunales, que conduce a que esos bancos tengan ganancias muy elevadas y perciban financiamiento del Banco Central con tasas de interés negativas. Es decir, para la banca es un negocio redondo.”

Los Cademartori esbozan un problema que puede convertirse en una crisis mayúscula ante una recesión: la desigualdad en la distribución de la riqueza, la que está expresada en todos los ámbitos de la vida económica, social y política chilena. Los promedios, las estadísticas abultadas y generales –como el aumento de los salarios medios, el crecimiento del PIB, el éxito exportador o la tasa de desempleo- que ya no miden nada en la actualidad menos lo harán en una situación de verdadera crisis. Sólo bastarán unas pocas sacudidas para una pérdida total del equilibrio: de la precariedad en la que viven millones de familias chilenas se pasaría a una evidente necesidad.


A diferencia de aquel discurso oficial y del juego político que sólo sirve a sus también especuladores y apostadores, hay un movimiento que emerge y comienza a dar señales sobre su futuro. La crisis, ya cierta, inevitable, desatará las enormes contradicciones de esta sociedad, una de las más desiguales del planeta. Un malestar que ya aparece en protestas de los trabajadores que recolectan la basura, los del salmón, los portuarios, los pescadores artesanales, los temporeros del sector exportador frutícola, del comercio en las grandes tiendas. Un crujido social que contiene todas las atribulaciones acumuladas por décadas de un modelo de libre mercado desregulado. La alta inflación, la pérdida de poder adquisitivo y la inexistencia de herramientas o canales para obtener mejoras salariales, obligarán a los trabajadores chilenos a buscar nuevas vías para expresar sus demandas.

El otro efecto de esta crisis sucederá en la estructura productiva y empresarial, en el modelo mismo de desarrollo económico. Aquel modelo basado en la gran empresa transnacionalizada extractora y exportadora de recursos naturales ha aplastado al resto del sector exportador. Con la caída del dólar, será muy difícil que la agroindustria y otros exportadores, como, por ejemplo, de manufacturas, puedan continuar trabajando a esos precios.

Un trance que apenas comienza.


Paul Walder