WALDERBLOG - "El desvío de lo real"

lunes, mayo 05, 2008

Crisis alimentaria, efectos del capitalismo hipertrofiado


Podría ser otra burbuja, pero esta vez con efectos siniestros y mortales. La ética de los mercados, de los apostadores de las bolsas y otros jugadores, sólo tiene un objetivo numeral, que es la ganancia fácil, a corto plazo, la multiplicación instantánea de los beneficios. Desde que los grandes tahúres mundiales vieron un nuevo espacio de especulación en los alimentos –un bien por definición necesario, vital- su precio se ha desbandado. Lo que los operadores de mercados habían venido haciendo, que es la inversión y especulación, en áreas como las finanzas, la vivienda, los servicios de toda índole, más adelante lo hicieron con fuerza y obstinación en las materias primas. Hoy, bien sabemos, el cobre, el petróleo, el oro y otros commodities, marcan precios históricamente altos, y sin señales de retroceso. Ahora, como la última vuelta a la misma tuerca, es también el momento de los alimentos.

La ambición, que es la naturaleza propia de estos mercados, del capitalismo a fin de cuentas, ha descubierto un nuevo foco de negocio en un bien tan humilde como los alimentos básicos, los granos, desde el arroz, el trigo, el maíz, la soya, todos de consumo humano o animal. Especular con los granos, con los cereales, es apretar la cadena alimentaria desde la base. Elevar su precio, que en la actualidad ha sido en no pocos casos doblarlo, es desde luego trasladar esta carestía a todos los otros alimentos, como, por ejemplo, la leche o la carne, que son derivados de los granos. Un grano como la soya, que también ha subido de forma histórica su precio, se emplea básicamente como alimento animal, empujando al alza, por cierto, todo el espectro alimentario calórico. Según información de la Food and Agriculture Organization (FAO, entre marzo del 2007 y abril del 2008 los aumentos de algunos precios internacionales han sido los siguientes: el arroz ha subido un 163 por ciento; el trigo, 110; maíz, 45 por ciento, lácteos, un 70 por ciento.

El fenómeno, iniciado hace ya más de un año, ha derivado en el 2008 hacia rasgos de crisis mundial con efectos no sólo en una nueva crisis humanitaria en los países más pobres y débiles, como el Africa subsahariana o algunos caribeños y centroamericanos, sino en una fuente cierta de desestabilización social y política. Las advertencias han venido de forma insistente y dramática desde todas las agencias internacionales, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la FAO, y, por cierto, las Naciones Unidas. Su secretario general, el coreano Ban Ki-Moon habla de “una auténtica crisis mundial”.

“Cualquier muerte por hambre es un asesinato”

Aun más enfático y dramático en su alarma ha sido el relator de las Naciones Unidas para la alimentación, el suizo Jean Ziegler. La potencia de sus palabras queda en evidencia: “Cada cinco segundos, un niño menor de diez años muere de hambre o por sus secuelas inmediatas. Más de 6 millones en 2007. Cada cuatro minutos, alguien pierde la vista debido a la falta de vitamina A. Hay 854 millones de seres humanos gravemente infraalimentados, mutilados por el hambre permanente”.”Esto ocurre en un planeta que rebosa de riquezas. Por tanto, esta masacre cotidiana por el hambre no obedece a ninguna fatalidad. Detrás de cada víctima hay un asesino. El orden mundial actual no sólo es mortífero, además es absurdo. La masacre está instalada en una normalidad inmóvil. Cualquier muerte por hambre es un asesinato”.
En el corto plazo, y tal vez en el mediano, no hay ninguna señal de una caída o disminución en los precios. Todos los factores juegan en contra, amplificando el síndrome. Otras causas son los miedos atávicos a la carencia de un bien tan básico y fundamental como el arroz o el maíz, lo que ha generado todo tipo de reacciones que presionan aún más en los precios. La ONU, la FAO, el FMI o el BM sólo pueden alarmarse. Ante el mercado, ante ya varias décadas de liberación de los mercados, fenómeno, recordemos, promovido con entusiasmo a toda prueba por agencias como el mismo BM y el FMI, y claro está, por la hoy en decadencia OMC (Organización Mundial de Comercio), es poco lo que se puede hacer. Y a los actuales precios, hasta la ayuda humanitaria será escasa. Entre las causas, complejas y enrevesadas, de tan brutal inflación, es posible detectar las siguientes:


*Las crisis hipotecarias y financieras, la inestabilidad en los mercados de divisas, el complejo panorama económico que sufre la economía estadounidense han presionado a los inversionistas y especuladores a buscar otros tipos de instrumentos de inversión. Ya no tanto los bonos y otra diversidad de papeles y derivados de esos papeles, sino el retorno a lo clásico: materias primas, en un comienzo, y ahora los granos. Un ingreso impetuoso, que ha duplicado en varios rubros los precios colocándolos en niveles históricos. Pero esta vez el casino financiero tiene efectos perversos directos: como ha dicho el director de la FAO, el senegalés Jacques Diouf, por cada punto porcentual que suben los alimentos son 16 millones las personas en el mundo que se condenan al hambre, a la muerte.

*Hay otro factor inmediato que ha influido en el aumento de los precios y su especulación. El alza del petróleo, que es también un efecto de la especulación, tiene una doble consecuencia en la carestía de los granos. Está, de partida, el mayor costo en el transporte de los alimentos, y está, en un lugar predominante, el uso de los alimentos como insumo para elaborar biocombustibles.


*La economista Vandana Shiva escribió hace unas semanas un artículo sobre los biocombustibles, sobre su tremendo impacto en el precio de los alimentos y su prácticamente nulo efecto sobre el mercado de los combustibles. “Un remedio peor que la enfermedad” alerta. El primer efecto está más que claro: “El presidente de EEUU ha prometido el pasado diciembre un gran salto en la producción de biocombustibles de aquí a 2020. Eso empuja a tal punto al alza la demanda y los precios del grano, que los pobres van a quedar literalmente fuera de los mercados de alimentos”.

El segundo efecto, dice, ya comienza a observarse. “Las cuentas también valen para los EEUU, si en lo venidero, y conforme a las previsiones del gobierno, se dedica el 20% de la cosecha de maíz a la producción de etanol. Con la cantidad de combustible así producido, sólo puede substituirse el uno por ciento del consumo anual de petróleo. Si se usara toda la cosecha de maíz para la producción de etanol, podría substituirse un escaso 5% del actual consumo de petróleo. ¿Quién puede sostener seriamente que aquí se perfila una alternativa para enfrentarse a la tan temida clausura de las fuentes del petróleo?”


El mercado, aquel libre juego de la oferta y la demanda, es hoy un chiste cruel. Porque esta crisis especulativa no tiene relación con la oferta y la demanda. La crisis sucede en un periodo de producción normal, incluso de expansión de la producción. El exceso, la redundancia, la hipertrofia capitalista, la globalización nihilista, el libre mercado llevado al paroxismo es lo que ha conducido a la situación actual, que no sólo es la condena a muerte de millones de personas. Es también el comienzo del repliegue de los mercados tal como los hemos conocido durante las últimas décadas, lo que se observa en el actual caos comercial, en el miedo, el pánico, en el desabastecimiento. Los miedos ancestrales que han angustiado a tantas generaciones vuelven a expresarse en toda su brutalidad junto -¡qué paradoja!- el consumo masivo de bienes de la alta tecnología. Acaparamiento irracional de alimentos, cierre de fronteras, reducción de las exportaciones, aumento del proteccionismo a fin de cuentas. El sistema de mercado se rompe por lo más básico y humilde, que son los alimentos.


Las organizaciones internacionales, que prevén una crisis social, han detectado hasta el momento 37 naciones conflictivas. Y no sólo africanas o del Tercer Mundo. Entre ellas está México, país, recordemos, de la OCDE, y miembro del TLCAN. El precio de la tortilla, alimento básico de maíz, ha subido en un 30 por ciento y seguirá subiendo. Los conflictos y las revueltas están en su comienzo, como advierten y alertan las agencias internacionales. De seguir así, ha proyectado la FAO, la población mundial subalimentada subirá de los actuales 800 millones a 1.200 millones para el año 2025.

PAUL WALDER

Publicado en Punto Final


miércoles, abril 30, 2008

El colapso industrial anuncia un inminente desastre social


En diciembre pasado cerró Textil Bellavista y hacia inicios de abril el directorio de Cerámicas Cordillera anunció que terminaba su giro como industria del sector. Acaso, importará productos terminados de otras latitudes. Sólo con estos dos cierres industriales, son más de mil 500 trabajadores que quedan en la calle pese al “blindaje” de la economía chilena, como no se cansa de repetir el hombre de Hacienda. Un proceso de evidente deterioro laboral, el que ha quedado incluso anotado hasta en las estadísticas oficiales. Según la última medición del INE, el desempleo durante el periodo entre diciembre y febrero alcanzó a 7,3 por ciento, cifra sensiblemente más alta, en casi un punto, a la registrada el año previo. Aun cuando durante el pasado verano hubo un aumento de toda la fuerza laboral, hubo también una fuerte expansión del desempleo. El número de desocupados saltó durante ese periodo en un 20 por ciento si se compara con la situación de un año atrás. Y todo esto en una economía “blindada”.

El cierre de Cerámicas Cordillera no puede expresar con mayor evidencia la tendencia que ha tomado la economía chilena. De tan abierta, de tan entregada al libre juego del libre mercado, ha quedado expuesta al torbellino financiero desatado por la crisis de la economía estadounidense. Todas las variables, aquellos “equilibrios macroeconómicos” chilenos tan mentados por el establishment financiero-empresarial, se han, sino no desestabilizado, sí escorado, desordenado. La economía chilena, y por cierto la gran mayoría de los chilenos, viven en un equilibro precario.

Bellavista, en su momento, y ahora Cerámicas Cordillera, han apuntado con claridad a los motivos del desastre: simplemente, la apertura comercial, el encarecimiento de la energía y la caída en el tipo de cambio, este último no atendido ni por Hacienda ni por el Banco Central hasta mediados de abril. El modelo neoliberal, construido durante la dictadura y mantenido por la Concertación, ha iniciado, de la misma forma que en el resto de Latinoamérica, o en los mismos núcleos de las finanzas mundiales, un camino de desinstalación, que está expresado en las nacionalizaciones –desde las encubiertas, provocadas por la crisis subprime en Estados Unidos y Europa- hasta las evidentes y deseadas, como sucede en Sudamérica, así como el inicio de prácticas que privilegian y protegen los mercados internos. Se trata de un proceso en marcha difícil de negar.

No puede, sin embargo, hablarse de cambios en un solo sentido. En un periodo de crisis, los acomodos y reacomodos pueden apuntar hacia nuevas formas de relación entre el capital y el trabajo, a transformaciones en el modelo de acumulación. Las más recientes crisis mundiales, económicas, sociales, políticas, han sido utilizadas por el gran capital para instaurar el modelo neoliberal. En esta nueva crisis, en el caso que las fuerzas sociales estén otra vez fragmentadas y confundidas, las vueltas de tuerca de la historia podrían volver a jugar a favor del gran capital. Lo que ha sucedido en Estados Unidos, con una Reserva Federal que acude en auxilio de la gran banca privada con miles de millones de dólares, es una señal respecto a dónde quiere el poder político y económico llevar estos cambios. La FED acude en ayuda de los dueños de los bancos mientras millones de pequeños deudores quedan en la calle al perder sus viviendas.

El trágico síndrome de Cerámicas Cordillera

El cierre de Cerámicas Cordillera apunta a una estrategia empresarial, sin duda impulsada por las oscilaciones de la economía mundial, pero también empujada, por omisión, por el gobierno Una movida que ha sido intuida por sus trabajadores, quienes observan en el cierre de la planta una clásica estrategia de transnacional para reducir costos y aumentar las utilidades. La planta se cerrará en Chile por sus altos costos de producción, lo que dará paso a importaciones de los mismos productos desde países con menores costos. Lo que sucede con los textiles, con los plásticos, con la industria metalmecánica, con cualquier manufactura, está presente también en las cerámicas. El efecto trágico de una causa que todo el mundo ve ¡Con la excepción del gobierno y el Banco Central! Un efecto que seguirá reproduciéndose hacia otros sectores.


Cordillera es parte del grupo Pizarreño, cuyo propietario es el consorcio belga Etex. En Chile, Pizarreño controla, además de Cerámicas Cordillera, Ladrillos Princesa, Duratex, Romeral, Etersol, Fibrocemento Pudahuel, Tejas Chena y últimamente adquirió la propiedad de Aislantes Nacionales. Es uno de los más grandes fabricantes de materiales de construcción a nivel mundial y tiene representaciones en varios continentes. En América Latina está en Chile, Perú, Colombia, Brasil y Argentina.

Cerámicas Cordillera no cierra sus actividades como empresa. Seguirá comercializando sus productos, los que importará desde mercados de menores costos de producción, según informó el directorio. Para el sindicato, esta determinación “no es casual y se aprovecharán las condiciones ventajosas que tienen en la región para mantenerse como empresa. La producción de cerámicos se trasladará a las empresas del grupo Etex en la región, donde sus insumos principales (energía y mano de obra calificada) podrán ser obtenidos a costos más bajos que los que disponen en Chile. Los cerámicos producidos allí serán comercializados en Chile bajo la marca Cordillera”.


La estrategia fue confirmada por la misma empresa. Su gerente general explicó dos cosas, los motivos del cierre y sus proyectos. El cierre, le dijo a El Mercurio su gerente, Roberto Calcagni, fue detonado por un aumento “exorbitante del precio del gas, su principal insumo, que experimentó alzas cercanas al 600% en los últimos cinco años y que hoy alcanza valores que son hasta seis veces más altos que los que pagan los fabricantes de productos cerámicos en países vecinos”. El otro motivo surge del valor del dólar, que inhibe las exportaciones.


Cerámicas Cordillera tiene casi la mitad el mercado chileno de pisos y revestimientos cerámicos. El resto, explican fuentes de la empresa, es importado, a costos finales mucho menores. Por tanto, la empresa decidió a unirse a este grupo de importadores. Lo dijo Calcagni: "Queremos tomar una parte de eso, vía productos importados, es la base del futuro". La importación la harían desde plantas que controla el grupo en otros países sudamericanos. Como consecuencia, se abre un periodo de desempleo y de fuerte inestabilidad económica en este sector.


La decisión del grupo Pizarreño no es inusual y, muy por el contrario de lo que han ostentado los gobiernos de la Concertación, se enmarca en un proceso ya conocido. La inversión en Chile, descartando las privatizaciones de las empresas de servicios, está orientada a los sectores de recursos naturales, liderados éstos por la minería. Estos sectores, hay que recordar, no solo generan escasa y poco calificada mano de obra, sino que su actividad es altamente depredadora y contaminante. Chile, país de cazadores recolectores.


Es posible, y así lo estima el sindicado de Cerámicas Cordillera, que la decisión de la empresa no sea de largo plazo. Los trabajadores estiman que la inversión en Chile es muy alta –de unos 20 mil millones de pesos- como para cerrarla definitivamente. “En un par de años más los problemas de abastecimiento energético podrán estar resueltos con la apertura definitiva de las plantas gasificadoras y las diversas alternativas que puedan desarrollar para entonces. En ese mismo tiempo podrán volver a contratar a trabajadores con un precio mucho más bajo que el que ahora nosotros representamos (…) Esa es la forma en que operan las empresas transnacionales en economías abiertas como la nuestra, los capitales se mueven de un lado a otro buscando mejorar su ganancia, sin importarles el desarrollo de los países donde se instalan, donde menos aún le importan los rostros y familias de las personas que le venden su fuerza de trabajo y su conocimiento”.


Una estrategia no solo amparada, sino reforzada por las políticas económicas de los gobiernos chilenos. Porque los graves problemas de abastecimiento energético son el efecto de políticas ineficientes y mal planificadas, en tanto los problemas derivados por el tipo de cambio surgen de una institucionalidad, diseñada e instalada con dedicación y parsimonia durante décadas, que inhibe al Estado intervenir en los mercados.


De forma más directa es la impresión del dirigente laboral de Cerámicas Claudio Castillo. Hay chilenos “que estamos sujetos a la competencia desleal de la importación indiscriminada de productos que han barrido con la industria nacional. no ha habido piedad con los trabajadores chilenos. Tenemos la leve sospecha que quieren reabrir la empresa en unos meses más, pero con sueldos de hambre”.

Una amenaza mucho mayor

Como amenaza mayor está la percepción del inicio de un periodo de cambios, acaso de crisis, en el modo de producción capitalista. Hay, una vez más, transformaciones que conllevan un reacomodo del capital, con graves consecuencias para los trabajadores. El cierre de la salmonera de capitales noruegos Marine Harvest, en Puerto Montt, que lleva a la cesantía a más de mil 500 personas, está ligado a otros cambios, como la contracción de la japonesa Salmones Antártica, en Chiloé, con efectos en una importante reducción de personal. El motivo más directo argumentado por estas empresas no ha sido el encarecimiento de sus costos por la caída en el precio del dólar, sino un problema incluso mayor. El cierre de Marine Harvest es una evidente consecuencia del mal manejo ambiental, de una industria depredadora que no puede conciliarse con su entorno natural, de un tipo de actividad e inversión introducida a contrapelo.


En un comunicado que anuncia el fin del Colectivo de Trabajadores de la Región Metropolitana (CC.TT.-R.M.)- texto de intensa crítica y autocrítica- hay una referencia al momento que vive la economía chilena y de los cambios que se avecinan. “El capitalismo neoliberal empieza a dar muestras de debilidad en su propia reproducción. Las dificultades que enfrentan las fracciones exportadoras no mineras del capital, afectadas por un tipo de cambio a la baja durante los últimos años, el estancamiento del ritmo de inversión en la industria, la agricultura y el sector de servicios financieros, comunicaciones, AFP, etc., y el déficit energético, ha hecho sonar ya las alarmas para el corto y mediano plazo. Hay visos y anuncios de un entrampamiento estructural del patrón de acumulación engendrado por una contrarrevolución neoliberal más que madura”. Los cierres de empresas son una primera y palmaria señal de este proceso.


El documento halla una expresión de esta inestabilidad en el ámbito político. “La ralentización prolongada del crecimiento ha forzado trayectorias asimétricas en las tasas de ganancia de los diferentes segmentos empresariales, y las expectativas respecto del futuro están siendo caldo de cultivo para la emergencia de contradicciones entre las fracciones del capital. Estas se manifiestan ya con mayor frecuencia en presiones sobre el Estado y la política económica, y comienzan a alterar las correlaciones de fuerza al interior del bloque en el poder. Muchas señales confirman esta tendencia: los realineamientos respecto de la educación, la estrategia exportadora, el rol del estado y la desigualdad, las condiciones laborales, la propiedad privada sobre los recursos naturales, etc., reordenan las fuerzas que, en la superficie, se manifiestan en las recurrentes crisis en la Alianza y en la Concertación”.


El mismo fin de semana del cierre de Cerámicas Cordillera y de la enorme salmonera en Puerto Montt, Michelle Bachelet discurseaba en China con orgullo sobre los múltiples tratados de libre comercio que Chile ha suscrito con otros países, entre ellos, con la misma República Popular China. Un discurso que elogiaba, precisamente, una de las causas del desastre industrial. Porque tras ya varios años de la vigencia de diferentes TLCs, entre ellos con potencias económicas como la Unión Europea, Estados Unidos y China, nada ha variado para bien de la economía chilena. Por lo menos, no para el beneficio de sus ciudadanos.


Silvia Ribeiro, investigadora del grupo ETC (Grupo de acción con sede en Canadá sobre la erosión, la tecnología y la concentración) en un artículo sobre los TLCs publicado a mediados de abril, afirma que “a través de los TLC, las empresas transnacionales han podido aumentar exponencialmente sus ganancias, no sólo por la ampliación territorial de sus mercados, sino al lograr convertir en mercancía recursos naturales y aspectos vitales para la sobrevivencia, como la biodiversidad y los conocimientos sobre ella, el agua y los servicios necesarios para poder disfrutarla, los medicamentos, la educación y la atención a la salud, entre otros”. Un fenómeno cuyos efectos, hoy podemos observar, se expresan de forma extremadamente perjudicial en los ámbitos económicos (crisis financiera global), social (crecimiento de la desigualdad, desempleo, empleos precarios, pobreza), político (como efectos directos de la desestabilización económica y social) y medioambiental (degradación del medio ambiente, explotación indiscriminada de los recursos naturales, calentamiento global, como la suma de todos los factores.


Hemos entrado en una nueva crisis, lo que no significa la transformación del capitalismo o el paso a un estado mejor. Las crisis del capitalismo, que generalmente han sido forzadas, como bien lo demuestra la autora canadiense Naomi Klein en The Shock Doctrine, han sido utilizadas por el gran capital global y por las oligarquías nacionales para aterrorizar a la ciudadanía e imponer cambios, en todos los casos para desmantelar la institucionalidad que favorece a las personas e instalar una nueva que beneficie al capital. Así sucedió desde el golpe de Estado en Chile, pasó en Bolivia, en Argentina, en Polonia o Sudáfrica, así ha sucedido en Irak y así sigue sucediendo. Violencia y miedo. Mucho miedo.


Escribe Klein (pág.20): “Por 35 años, lo que ha animado la contrarrevolución de Milton Friedman es la atracción hacia una especie de libertad, disponible sólo en momentos de cataclismos, cuando la ciudadanía y sus demandas están aplastadas. Ello surge en momentos cuando la democracia parece una práctica imposible”. Si somos pesimistas, esta nueva crisis, aún sin rasgos de cataclismo, es posible que vuelva a ser usada por el gran capital para obtener nuevos beneficios. Si somos más optimistas, podemos pensar que está el germen de una recomposición de los movimientos sociales y el empoderamiento de la ciudadanía.


Durante la última reunión del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM), realizada hacia mediados de abril en Washington, las advertencias fueron más o menos claras. El terremoto, que se mueve desde arriba, desde aquel templo del capital, que es Wall Street, ha comenzado a tener sus réplicas en los suburbios de Puerto Príncipe y en algunas capitales africanas. Si en Wall Street los rostros están demacrados por la pérdida en el valor de las acciones y la caída en las utilidades de los grandes bancos, en Haití y Africa se observan rostros crispados por el hambre, que demandan el fin al encarecimiento de los alimentos.


Durante los últimos dos años, el precio de los alimentos ha subido un 80 por ciento, efecto, bien sabemos, de la especulación financiera que busca nuevas formas de inversión. Este fenómeno, dice el FMI, que ya afecta a muchos países pobres y en desarrollo –el proceso de reducción de la pobreza ha retrocedido en todo el mundo- se trasladará también al resto de la economía.


“Esta puede ser la ruta de un gran conflicto en el futuro. Si los precios de los alimentos continúan como hasta hoy, entonces las consecuencias serían terribles”, declaró Dominique Strauss-Kahn, director gerente del FMI.
Desempleo y alza de los precios básicos. Una mezcla perversa, trágica y… explosiva.

PAUL WALDER

domingo, abril 20, 2008

Un nuevo terrorismo


Los medios de comunicación, ya bien lo sabemos y lo sufrimos, devienen en un arma estratégica de primera línea para el mantenimiento y la reproducción del statu quo. Como servicios, no siempre rentables pero sí muy apreciado, los medios están allí para reforzar comportamientos, acaso modelarlos y por cierto controlarlos cuando fuere necesario. Estos medios, caballos de batalla de la inversión globalizada, según el clima político, social y las estrategias en marcha, cambian de su rol de Armas de Distracción Masiva (ADM o WMD, según su sigla en inglés, que es una obvia e irónica derivación de su parónimo Weapons of Mass Destruction) a cultivar el terrorismo mediático. Cuando las oligarquías están en el poder, los medios afines o bajo su tutela ejercen la función de ADM, pero cuando lo pierden o lo ven amenazado, simplemente ejercen el terrorismo mediático, primera fase de otras formas de desestabilización democrática. Como aspectos permanentes está la confusión, los intereses personales y corporativos difundidos cual amor a la patria, el cultivo de la estupidez en todas sus constantes y variables, la frivolidad como marca garantizada, la despolitización como ideología política. En suma, la mentira en todas sus versiones y manifestaciones.


Los chilenos conocemos muy bien esta doble faz de los medios de la oligarquía. Bien recordamos la campaña de desestabilización democrática, de creación de odios y de abierto golpismo elaborada por El Mercurio y financiada por la CIA durante el gobierno del presidente Salvador Allende. Y poco más tarde, tras el golpe y los secuestros, el miedo en toda su profundidad: hacia finales de 1973 las campañas de penetración psicológica elaboradas por los discípulos criollos de Joseph Goebbels le sugerían a la Junta Militar mecanismos para cargar de elementos negativos al derrocado gobierno de la Unidad popular e instalar en la población el golpe de estado como una acto liberador. Bajo el mando del psicólogo Hernán Tuane, la campaña comunicacional, que no escondía su tosquedad, buscaba generar un ambiente de “angustia”, "neurosis", "tragedia", "inseguridad", "peligro" y "miedo", percepciones que eran, por cierto, muy bien estimuladas por la bestialidad de los operativos de los organismos de seguridad. Un clima que fue muy bien canalizado y amplificado por los medios oficiales de la dictadura.


Hoy, una vez cumplidos los objetivos de haber desatado la tragedia y convertido al país en una tabula rasa social, política y económica, El Mercurio, como la voz del poder económico, de la oligarquía, observa, refuerza comportamientos, critica, hasta protesta. Solo en contadas ocasiones y con materias específicas muestra sus dientes, sus garras y su arsenal destructivo. Los gobiernos de centro izquierda bien han sabido entender esos mensajes.


A comienzos de abril se realizó en Caracas el Encuentro Regional contra el Terrorismo Mediático, el que no sólo coincidió en aquella misma ciudad con un congreso de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), sino con una campaña del terror mediático que la oligarquía argentina puso en marcha contra el gobierno de Cristina Fernández. Ella misma, durante un masivo acto ciudadano en Buenos Aires, le advirtió a sus seguidores sobre el poder de esa prensa, porque, dijo, hoy los golpes de Estado no se hacen con tanques, “sino con generales multimediáticos”. Sembrar mentiras, rumores falsos y odio, expandir el miedo, adulterar, corromper o invertir las informaciones, son aspectos necesarios en la estrategia de control.


Entretención, pero también miedo. Todo dosificado y decorado. Que produzca el “efecto verdad”; en otras palabras, que parezca verdad y se consuma como una verdad. Por lo demás, es eso lo que sucede cuando creemos en una mentira. Es engaño, farsa. Eso es el espectáculo convertido en información. Una gran escenografía, una destemplada gestualidad, un lenguaje especializado, una coreografía informativa. Que parezcan noticias, a la hora de las noticias, con cara de noticias, con música de noticias. Insumos, para que el show de noticias no parezca parte del espectáculo. Pero lo es.


Los alcances de la prensa del terror son enormes. Los mismos medios que sirvieron para acunar, para arropar a la dueña de casa, para divertir a los jóvenes, esos rostros de la credibilidad son los de la mentira y el miedo. El matinal puede devenir en el gran show del miedo, y también del odio.


¿Por qué invertir en negocios poco rentables? Porque el negocio no sólo es de corto plazo. Megavisión, Chilevisión, están allí no sólo para hacer caja. Están allí como las buenas ADM que son, para reforzar comportamientos, para establecer los límites, para moralizar, para canalizar el statu quo. Lo mismo que El Mercurio y su cadena, La Tercera, y el grupo español PRISA, que se adueña de la radiofonía. Invierte millones en publicidad para reanimar y renombrar la Radio W como ADN Chile y contar con una emisora informativa. Un negocio a largo plazo, centinela de los miles de millones de las transnacionales hispanas. Hoy ADM, en cualquier momento, terror mediático.


Como señala la declaración consensuada en caracas por los diversos expertos en comunicaciones, "el terrorismo mediático es la primera expresión y condición necesaria del terrorismo militar y económico que el Norte industrializado emplea para imponer a la Humanidad su hegemonía imperial y su dominio neocolonial".

PAUL WALDER

miércoles, abril 16, 2008

La TV digital y la necesaria participación ciudadana


Como todas las nuevas tecnologías, la televisión digital también aparece con una aureola de magia y oferta de cambios. Como la radio, como la televisión, como internet y la telefonía celular: un mar de expectativas ante una tecnología que promete mejorar nuestras vidas. Tras más de un siglo de tal vez las mayores innovaciones de la historia, aún mantenemos, quizá con cierto candor, una fe a toda prueba en la técnica, una ideología que cree ciegamente en la técnica.

A qué se debe esta fruición por la tecnología. ¿Por el placer? ¿Por la comunicación? Pensemos que se trata de comunicación, de un interés por comunicarnos mejor. Y si nos atenemos a las estadísticas de acceso a la tecnología, los números son impresionantes. Hasta en Chile hay más de un televisor por hogar y la telefonía celular apunta a una cobertura (teórica) del cien por ciento, con casi 15 millones de aparatos. El Centro de Estudios de Economía Digital de la Cámara de Comercio de Santiago establece el acceso a internet en un rango superior al 43 por ciento, muy superior, dice, al de otros países de la región. En fin, aquí, como en otras latitudes, estamos comunicados. La pregunta es, sin embargo, la siguiente: ¿Estamos realmente comunicados?

Es otra pregunta pertinente es si ¿ha sido útil esta tecnología para estrechar nuestras relaciones? La respuesta, es bien ambigua. Por un lado hemos generado una fuerte dependencia a estas tecnologías, en ciertos casos “esclavizados” a ella –como los usuarios del sistema blackberry con acceso a las cuentas de correo electrónico vía celular- u obsesionados por ella –como los adolescentes y no tan jóvenes que hablan de manera mecánica y compulsiva-; por otro lado, de forma paralela, surge una sospecha por la tecnología, lo que ha creado una relación ambivalente, un especie de doble vínculo con las tecnologías. La dependencia, y la virtual ubicuidad que han conseguido los poderes –políticos, públicos, económicos, comerciales- en el control de nuestras vidas nos lleva a desconfiar profundamente del curso que sigue la técnica.

La última vuelta a la tuerca tecnológica viene con la televisión digital, la que se anuncia y se difunde hoy en día como una mejor imagen. La TV digital se presenta en Chile como la pantalla de plasma que permitirá ver mejor desde las noticias, el fútbol, toda la variedad de farándula hasta el Discovery Channel y el Cartoonnetwork. Un nuevo producto, un nuevo objeto de consumo de masas ofertado al ciudadano-televidente, que más que un ciudadano participativo es un activo consumidor. Para este sujeto, la televisión digital es un producto, un servicio más. Un juguete nuevo.

Pero la televisión digital es una revolución en la televisión, de un modo similar, podríamos decir, como lo ha sido la telefonía celular respecto de la telefonía fija. No sólo es imagen, mejor imagen; se trata de un cambio que llevará a importantes transformaciones en el negocio, pero sobre todo en el modo de comunicación. La TV digital no sólo es un objeto de consumo o un nuevo espacio económico para los operadores y proveedores, sino que es una nueva forma de hacer y de ver televisión.

Este es el punto central del debate. Y es, precisamente, el debate que no ha circulado. Se ha discutido sobre la norma, si será estadounidense, japonesa o europea, lo que es un asunto básicamente comercial, pero no el por qué de una televisión digital, sus alcances y transformaciones. De partida, además de la calidad de la imagen, la nueva tecnología es interactiva, se complementa o converge con otras tecnologías de la información, y amplía el número de señales en la televisión terrestre abierta, las que se elevarían a cerca de 50, o, incluso, podrían ampliarse sobre el centenar. Un conjunto de innovaciones que, de no intervenir de manera activa la sociedad civil, podrían quedar en manos de los mismos operadores actuales.

La televisión digital, al ampliar el número de señales e incorporar otros cambios, como la interactividad, es una tecnología potencialmente más participativa: podrían ingresar nuevos actores en un modelo de negocio que está aún por hacerse. Como efecto, podría construirse un nuevo tipo de televisión, en la que el factor entretención, espectáculo y negocio no sean los únicos, sino que se amplíen todas las posibilidades de la comunicación. Pero también puede suceder lo contrario, que es reproducir lo que hay bajo las manos e intereses de los actuales operadores y financistas de la televisión. Bajo este esquema hay cuatro informativos, a la misma hora, que trasmiten la misma basura. O también podría reproducirse algo similar a lo que sucede con la TV por cable. Pese a ser pagada, no sólo incluye también publicidad, sino que la oferta tiende a nivelarse en el gusto masivo con el siguiente resultado: 40 o 50 canales, pero nada que ver.

El debate de la TV digital será necesariamente una discusión política, en la que debiera participar toda la ciudadanía. Que el debate no sólo lo copen los operadores, financistas, avisadores y todo tipo de proveedores. Tampoco sus lobbystas ni aquel ciudadano-espectador-consumista que observa el mundo amodorrado en un sillón frente a la pantalla. La televisión digital no ha de ser un canal para más ventas, para la homogeneización de los intereses ni para el letargo de las voluntades. Una tecnología como esa -más similar a internet que a la actual TV- es útil si estimula la heterogeneidad, el respeto a las minorías y las diferencias culturales, si permite y amplifica las millares de voces que componen un sistema social. De lo contrario, será un instrumento de dominación y adormecimiento más.

Este debate ha de tomarlo la ciudadanía activa y exigir el derecho a una televisión universal y participativa.


PAUL WALDER

domingo, marzo 30, 2008

Crisis del turbocapitalismo, del capitalismo hiperventilado


El asunto no es si hay crisis o cuándo llegará. El asunto es qué profundidad tendrá. Cada semana que pasa, las cosas van de mal en peor. Hace unos años las oscilaciones de los mercados eran las propias de los ciclos económicos, sino esta vez son convulsiones impredecibles. Se trata de un accidente, es un trance profundo, una transformación del metabolismo económico. Como si todas las variables, las habituales y conocidas, las templadas señales, respondieran a otros referentes, a una realidad escondida. Hace sólo unos días atrás, al cierre de esta edición, el precio del petróleo había superado los 111 dólares el barril -¿alguien imaginó esta contingencia un año, meses atrás?-, cada euro se cotizaba a 1,55 dólares, los mercados de acciones sufrían sacudidas histéricas pese a los gigantescos flujos de capital que los grandes bancos centrales les inyectaban para sosegarlos. Operaciones hasta el momento estériles, que sólo estimulan la especulación. Pura especulación. La misma que ha llevado a esta debacle económica.

“Consecuencias impredecibles”, “crisis sistémica del capitalismo global” se ha podido leer y se sigue leyendo. Podemos agregar también que parece el fin del turbocapitalismo, del capitalismo hiperventilado, del capitalismo en su alta fase depredadora, o, en palabras del poeta Armando Uribe, del neoliberalismo capitalista de mercado desregulado. Hay motivos para pensar que esta crisis de los créditos hipotecarios estadounidenses, la debilidad del dólar por los sostenidos déficit, los altos precios del petróleo y también de otras materias primas, son señales de un desorden de todos los formatos. Aun cuando nadie puede saber con exactitud los alcances de esta crisis, ya hay un consenso en cuanto a su magnitud: tanto, que no son pocos los analistas y observadores que sólo toman como referencia el gran crack de 1929, el que marcó la historia económica del siglo pasado. Si pudo ocurrir en aquella oportunidad ¿por qué no también ahora?

El economista cubano Osvaldo Martínez, en una reciente charla en La Habana en el marco del X Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización yProblemas del Desarrollo ha dicho que la actual crisis que enfrenta Estados Unidos es sin duda sistémica, “inscrita en un ciclo recurrente y no como una anomalía o un episodio esporádico”, diagnóstico compartido en el encuentro. La mayoría de los economistas coincidió en cuanto la actual crisis será la de peores efectos, en décadas. Esta crisis, evidentemente, tendrá efectos en el resto del mundo y en Latinoamérica. El belga Eric Toussaint, presidente del Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo, sostuvo que, manteniendo la política económica tradicional, los países en desarrollo verán sus reservas internacionales esfumarse progresivamente y se encontrarán en una situación que puede volverse muy difícil.


Cuando el viernes 14 de marzo el banco central de Estados Unidos rescató de la quiebra al banco Bear Stearns, el quinto mayor de su rubro en ese país, los analistas y otros observadores miraban incrédulos. El único referente a acciones de esta naturaleza estaba en los años 30 del siglo pasado tras la debacle de 1929. Algo, una información aún no compartida, llevó al banco central a tomar medidas tan drásticas. ¿Qué otras sorpresas saltarán en las próximas semanas?

Ante tales augurios, la pregunta que podemos hacernos es cuánto y cómo nos impactará esta crisis sistémica. Porque las crisis no golpean sólo a los poderosos de Wall Street, que bien se las arreglan para recibir los subsidios del Estado, como hemos comenzado a ver, sino con singular fuerza a los más débiles. Sucedió en Chile en la brutal crisis de comienzos de los ochentas, con un banco central chileno muy dadivoso con los banqueros y otros especuladores, y hoy lo mismo está sucediendo con la crisis hipotecaria estadounidense. Los bancos centrales apuntalan el sistema capitalista neoliberal por arriba.


El dólar cae, las bolsas caen, pero suben las materias primas. La especulación financiera, que ha causado la catástrofe del consumo vía las hipotecas impagables o incobrables, se traslada ahora a estos bienes, que los coloca al centro del gran casino financiero mundial. Apuesta principalmente al petróleo, que relaciona con la contingencia política, con Irak, con posibles nuevas guerras (otra vez el rumor de un ataque a Irán recorre el mundo), pero también a otras materias, como el cobre –salvación para Chile-, el oro (¡mil dólares la onza!), la plata y ahora lo hace con los alimentos, también en precios máximos históricos. Se especula con los alimentos principalmente porque pueden transformarse en biocombustibles, pero también porque son un bien necesario y cada vez más, si no escaso, sí limitado. Un proceso en el que ganan esos apostadores, pero pierden todos los seres humanos, empezando, claro está, y como siempre, por los más pobres. La FAO ha calculado que durante el año pasado el precio de los principales alimentos se elevó en un 40 por ciento. Un mercado atrayente para tahúres y especuladores de corbatas de seda, que sin duda seguirá adelante.

Velasco está “espléndido”

“La economía está blindada” es una frase cliché utilizada por el actual y los anteriores ministros de Hacienda y funcionarios de gobierno. Un discurso oficial, construido por este tipo de expresiones vacías. Porque lo cierto es que Chile, aun cuando tiene ciertas reservas, no está muy blindado. Es más, este es uno de los países más abiertos del mundo, por cuanto si hay una debacle financiera de gran magnitud no tendrá ningún mecanismo para cerrar la puerta. Con la firma del TLC con Estados Unidos se eliminó el último de los seguros para regular los flujos de capitales. Ahora, todo lo que entra –y hoy lo que ha llegado son los veleidosos capitales golondrina- puede también salir en un par de días.

Andrés Velasco, el hombre de Hacienda, construye cada semana frases candorosas para la galería, tal vez con la intención de transmitirlas por la televisión. El viernes 14 de marzo, en una reunión con empresarios, dijo que la economía chilena estaba “espléndida” (sic) para enfrentar la crisis mundial, la que sí admitió. Velasco pudo haber dicho está “sólida”, o “firme”, pero optó por “espléndida”, que es como haber dicho “radiante”, o “resplandeciente”, incluso “esplendorosa” o hasta “estupenda”, adjetivos todos de carácter festivo, diríamos frívolo, de salón de baile, que no tienen ninguna relación con el actual trance de altos precios –el día anterior se anunció extraoficialmente un nuevo incremento en las tarifas del gas natural argentino-, bajo crecimiento y total incertidumbre. Tal vez este señor usó el luminoso adjetivo para responder al sombrío diagnóstico que durante la jornada anterior había hecho nada menos que el Banco Central.

El jueves 13 de marzo el Banco Central debía tomar una decisión ante el complejo escenario macroeconómico: alta inflación, bajo crecimiento, el dólar en caída libre. Tan complicada era la situación, que el Banco de marras no hizo nada, o casi nada: mantuvo las tasas de interés en el 6,25 por ciento anual y esbozó un oscuro futuro: “En el ámbito externo, el escenario para los EE.UU. ha continuado deteriorándose, generando alta volatilidad y mayores riesgos en los mercados financieros internacionales. Los bancos centrales de los principales países desarrollados han adoptado medidas adicionales para atenuar los problemas de liquidez. Hasta ahora, las economías emergentes no se han visto mayormente afectadas, aunque el riesgo de escenarios adversos se ha incrementado. Por su parte, los precios de productos básicos han presentado aumentos significativos”.

Exportadores divididos


Ante la debilidad del dólar, los exportadores han comenzado a quejarse, a gimotear –“el ministro Velasco es un insensible”, dijo Luis Schmidt, el presidente de la SNA- como bien lo han venido haciendo durante décadas. Se trata principalmente de la agroindustria exportadora, porque la gran minería del cobre –con un metal a cuatro dólares la libra-, o la industria de pulpa de celulosa, o de harina de pescado, están inundadas de la divisa, aunque esté devaluada. Como han afirmado en un artículo los economistas Juan y José Cademártori, este “sector lo dominan empresas multinacionales y grandes exportadores nacionales que por esta vía aceleran la concentración de la riqueza. Mientras ellos gozan de precios record e inusitadas ganancias, les afecta muy poco la apreciación artificial del peso, en tanto las industrias manufactureras y agropecuarias pequeñas y medianas sufren una pérdida de rentabilidad no compensada por el precio de sus bienes exportados”. Es tanto lo que han ganado y siguen ganando con el alza de los precios, que la baja del dólar les significa una pérdida mínima. “La revaluación artificial del peso es entonces resultado de un boom de un sector exportador que ha gozado de bajas regulaciones tributarias, laborales y ambientales, y que ahora se beneficia del alza de sus precios de exportación”.

El economista de Cenda Hugo Fazio, en una entrevista a rebelión.org, diferencia también a los exportadores en dos categorías. “Los primeros son aquellos cuyos productos están muy altos en los mercados mundiales. A estos la reevaluación del peso les reduce sus márgenes de utilidad, como en el caso del cobre, pero les sigue yendo bien. A los segundos exportadores, que no tienen precios altos, y que están asociados al agro, les afecta negativamente”.

La caída del valor del dólar, que según Velasco ha sido menor que en otros países latinoamericanos, lo que no es consuelo para ningún pequeño exportador, está también impulsada por la total apertura de la economía chilena. Los Cardemartori afirman que “los especuladores internacionales con su entrada incontrolada y de magnitudes desmesuradas aumentan aún más la sobrevaloración del peso”, proceso que se ve abultado por la constante baja de las tasas de interés en Estados Unidos que contrasta con el alza de las tasas de interés en Chile. Este cada vez mayor diferencial de tasas atrae hacia el mercado nacional inversiones, capitales golondrina, que llegan en dólares. Como consecuencia inmediata, la abundancia de dólares –por el cobre, por las otras exportaciones y, ahora, por esta especulación- hacen caer el valor de esta divisa respecto al peso chileno. Ante este fenómeno, ciertamente evidente, cabe recordar a Velasco y sus redundantes afirmaciones: ¡Chile blindado, Chile está espléndido!

El dólar bajo, que complica el negocio de los exportadores más pequeños –que son, sin embargo, pocos en un sector dominado por la gran empresa- ha contribuido en parte a aliviar las presiones inflacionarias, las que vienen por el lado de la energía y de los alimentos. Un encarecimiento de la vida no visto desde hace décadas que sin duda alterará –y ya lo está haciendo- todas las relaciones económicas y laborales. Aunque Velasco no ha querido afirmarlo públicamente, el dólar bajo juega hoy como herramienta para mantener bajo control –si es que un diez por ciento anual significa control- a la inflación, bestia negra de la macroeconomía. El gobierno, de cierta manera, agradece al cielo por este dólar bajo. Porque una inflación galopante, bien se sabe y mal se ha sufrido, desarma no sólo cualquier proyecto económico, sino también político.

Réquiem para la industria nacional

Con un dólar bajo todos los bienes importados se abaratan. Pero también es una realidad que no todo es importado, que existe industria nacional, y que es ésta la que genera empleo. Un dólar bajo, productos importados más baratos, afecta a los productores nacionales que (aún) compiten con artículos indios o chinos, países cuyos productos están favorecidos con tratados comerciales. Estos sectores de la industria chilena, afirma Fazio, “son fuertemente golpeados con la reevaluación del dólar.” No resultaría raro que con esta nueva crisis terminen por quebrar los pocos talleres nacionales que han sobrevivido a la política de apertura comercial, a los diversos TLCs y a la competencia de las importaciones chinas. Esta devaluación del dólar es bien probable que sea el golpe de gracia.

Si hay un deterioro en la producción, habrá necesariamente un deterioro de los niveles de empleo. Fazio afirma: “Chile nunca ha vuelto a los niveles de desocupación de la crisis del 98. No obstante, ahora se está regresando. Las pequeñas y medianas empresas son las que ofrecen más empleo en Chile. Pero ahora están siendo tocadas por la reevaluación del dólar y las tasas de interés de los bancos comerciales. Sólo a veces se les otorga crédito, y si se les brinda, es a tasas descomunales, que conduce a que esos bancos tengan ganancias muy elevadas y perciban financiamiento del Banco Central con tasas de interés negativas. Es decir, para la banca es un negocio redondo.”

Los Cademartori esbozan un problema que puede convertirse en una crisis mayúscula ante una recesión: la desigualdad en la distribución de la riqueza, la que está expresada en todos los ámbitos de la vida económica, social y política chilena. Los promedios, las estadísticas abultadas y generales –como el aumento de los salarios medios, el crecimiento del PIB, el éxito exportador o la tasa de desempleo- que ya no miden nada en la actualidad menos lo harán en una situación de verdadera crisis. Sólo bastarán unas pocas sacudidas para una pérdida total del equilibrio: de la precariedad en la que viven millones de familias chilenas se pasaría a una evidente necesidad.


A diferencia de aquel discurso oficial y del juego político que sólo sirve a sus también especuladores y apostadores, hay un movimiento que emerge y comienza a dar señales sobre su futuro. La crisis, ya cierta, inevitable, desatará las enormes contradicciones de esta sociedad, una de las más desiguales del planeta. Un malestar que ya aparece en protestas de los trabajadores que recolectan la basura, los del salmón, los portuarios, los pescadores artesanales, los temporeros del sector exportador frutícola, del comercio en las grandes tiendas. Un crujido social que contiene todas las atribulaciones acumuladas por décadas de un modelo de libre mercado desregulado. La alta inflación, la pérdida de poder adquisitivo y la inexistencia de herramientas o canales para obtener mejoras salariales, obligarán a los trabajadores chilenos a buscar nuevas vías para expresar sus demandas.

El otro efecto de esta crisis sucederá en la estructura productiva y empresarial, en el modelo mismo de desarrollo económico. Aquel modelo basado en la gran empresa transnacionalizada extractora y exportadora de recursos naturales ha aplastado al resto del sector exportador. Con la caída del dólar, será muy difícil que la agroindustria y otros exportadores, como, por ejemplo, de manufacturas, puedan continuar trabajando a esos precios.

Un trance que apenas comienza.


Paul Walder

sábado, marzo 22, 2008

Chilevisión y el terror


La televisión es espectáculo. Lo que resulta un uso metafórico, una imagen crítica, es el hecho. La TV es entretenimiento, show business, negocio de la distracción, farándula, drama, representación, disfraz, también información. Un paquete sin sorpresas, un combo, un producto elaborado. Y es también, dentro de su representación, una modelación de la sociedad, la que está presentada cual espejo de tal sociedad. Podemos elaborar una representación ideal y por cierto naïf de la sociedad –como aquellas antiguas series de TV inspiradas en una familia nuclear que resultaba ser un modelo conservador-, contar y contarnos un cuento de arribismo económico y ceguera social -un relato tal vez real para unas pocas miles de familias millonarias chilenas pero leído como historia de hadas por otras decenas de miles de escaladoras- como lo hacen las revistas Capital, Gestión, el diario Estrategia o las páginas de negocios de El Mercurio. Es igualmente posible recrear nuestra vida cotidiana como si fuera una revista picante, un vaudeville barato, como bien lo hacen Las Últimas Noticias, La Cuarta y horas y horas de televisión en programas innombrables como SQP, CQC o PP. Y podemos también representar como nuestra realidad lo más infame de la infamia. Hacer de nuestro mundo un espacio de la mentira, el engaño, el crimen, la muerte. Hacer de la perversidad nuestro espacio natural. Ese es el caso de Chilevisión.

Cada representación es un producto. Pero es también una percepción y una pauta de comportamiento social. Algo de todo lo representado ronda el ambiente social, así como lo representado moldea comportamientos. Que los personajes de una teleserie expresen el comportamiento histérico de una sociedad puede comprenderse, como denuncia, como ironía, como crítica o chiste, pero no que los gritos, pataletas y otros trastornos sean norma y modelo de conducta de chicos y chicas. Este es un riesgo, una forma de contaminación y degradación .

La especialidad de Chilevisión, aun cuando ahora ingresa a las teleseries, es la crónica roja, el reportaje recreado, el docudrama, el, como ellos mismos le denominan, docu-reality. Aquí está su producto estrella, que es también su representación social, su estrategia, su propuesta. Aquí está la entretención, la distracción, pero aquí está también la información, todo ello entregado en un mismo paquete, en un servicio completo y entrelazado. Chilevisión inicia la crónica roja cada día a las 21 horas con su informativo y no cambia de registro hasta la medianoche. Aparentemente cruza géneros narrativos, pero en los hechos los fusiona. No hay gran diferencia entre la crónica de Chilenoticias que los programas posteriores, como “Policías en Acción”, “Mujeres que Matan”, “Pecados Capitales” o “Historias de Eva”. Un continuo de odio, furia, traición y crimen une la parrilla del canal de Sebastián Piñera.

Producción en serie, como papas fritas con ketchup o hamburguesas con queso. Comida chatarra y televisión basura. Basura en su producción seriada, y basura, pestilencia en este caso, en sus contenidos. Veamos un ejemplo, explicado por el mismo canal. “Mujeres que Matan” es una “serie que muestra los ámbitos más extremos de la vida común, donde las mujeres son sus protagonistas. Verónica vive con su hija Camila, producto de su primer matrimonio, y Daniel, su segundo marido. Verónica quiere creer que todo está bien en su vida y que su relación de pareja está llena de amor, pero la verdad es difícil de ocultar, ella está enferma de amor, sumergida en una relación tóxica, de maltrato emocional y físico que destruirá la vida no sólo de ella y de su hija sino de Valeria, la vecina de 16 años y mejor amiga de Camila. Una noche todos se darán cita en casa de Verónica y el espiral de maltrato culminará en un acto que los marcará para siempre (sic)”.

Autores como Doris Cooper, socióloga chilena experta en la marginalidad, han escrito sobre la delgada línea que existe entre la delincuencia, ilegalidad y la economía informal. Otros factores como la falta de organización sindical y social, la creciente externalización de los empleos, la misma precariedad laboral conducen cada vez más hacia la informalidad. Los chilenos estamos cada vez más cercanos, por nuestra propia vulnerabilidad laboral y social, a aquella delgada línea. Estamos cada vez más expuestos a caer en la ilegalidad.

¿Es esa programación un reflejo de la nueva vida cotidiana de los chilenos? ¿Hace Chilevisión investigación y denuncia social? ¿O se trata de un producto más? Obviamente, se trata de esto, lo que está avalado por las cifras de negocio. Hay un mercado para la industria de la perversión y el terror.

Las personas más expuestas a la televisión son más sensibles a los temores que infunde la TV. Quienes ven más televisión, como las mujeres dueñas de casa, colocan entre sus mayores preocupaciones la seguridad ciudadana. Y si estimamos que este ha sido un tema de la derecha y los conservadores –en Chile, en Estados Unidos, en España, en muchas partes- no es difícil hacer la relación entre los intereses del candidato de derecha con los contenidos de su canal. Un producto basado en el miedo cuya solución será una solución política.

PAUL WALDER

Artículo publicado en Punto Final

lunes, marzo 17, 2008

El inicio de la catástrofe


El 11 de septiembre de 1973 marcó en Chile el inicio de la contrarrevolución conservadora a escala mundial. Un plan orquestado por las grandes corporaciones estadounidenses y la reacción conservadora, celebrado por la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago y por Milton Friedman, e impulsado por los aparatos de inteligencia del entonces gobierno de Richard Nixon en Estados Unidos. Una campaña que se extendió hacia otros países latinoamericanos, que recorrió más tarde el globo tras el colapso de los países socialistas y que tiene su más reciente episodio en la invasión y ocupación de Irak. Esta es la tesis de la periodista e investigadora Naomi Klein en su libro The Shock Doctrine. El capitalismo neoliberal para instalarse primero debe golpear, destruir, después atemorizar y finalmente construir su modelo. Pasó en Chile, en Irak, pero también ha pasado con la ayuda de la historia y la naturaleza. El capitalismo depredador se instaló en Rusia y los Países del Este tras la caída del muro, y se ha aprovechado de desastres naturales como el huracán Katrina en Nueva Orleáns o el tsunami en las costas de Asia para instaurar su modelo después el desastre. Klein cita un artículo del hoy fallecido Milton Friedman en el Wall Street Journal meses después del huracán. El economista, junto con lamentar la muerte de tantas personas, observó que los colegios públicos estaba en ruinas. “Es una tragedia. Pero es también la oportunidad para reformar radicalmente el sistema educacional” ¿Cómo? A la chilena, privatizándolo.

Sobre la base de la tesis de Klein, podemos decir que la Concertación ha gobernado sobre la catástrofe. Ha administrado con deleite para el gran capital con la certificación de la derecha un modelo instalado sobre la base de la destrucción y el miedo. Miedo al secuestro durante la dictadura, pero miedo al desempleo y al desamparo económico durante nuestra singular democracia neoliberal.

Es muy probable que con la actual crisis global el modelo neoliberal si no colapsa sí sufra importantes transformaciones. La economía chilena, vanguardia de esta matriz mundial gestionada aquí por el tandem Concertación-corporaciones, se verá obligada a adaptarse a esos cambios, los que ya se observan en las medidas de emergencia que intentan paliar los primeros efectos de las crisis. Pero no se trata de parches y remiendos, como ha sido la tónica del Transantiago, o como son las medidas anunciadas para las pymes y los exportadores afectados por un dólar depreciado. Chile, como furgón de cola del neoliberalismo mundial, tendría que comenzar a adaptarse a las dramáticas transformaciones que muy probablemente remecerán al mundo, tales como un regreso al proteccionismo o renacionalización de empresas.

De producirse a partir de este año esta nueva transformación, que surgirá a partir del colapso sistémico de la economía mundial, cabe hacernos una pregunta. ¿Gestionará ese cambio el mismo grupo de señores que nos condujo y nos ha mantenido en la catástrofe?


PW