WALDERBLOG - "El desvío de lo real"

miércoles, abril 30, 2008

El colapso industrial anuncia un inminente desastre social


En diciembre pasado cerró Textil Bellavista y hacia inicios de abril el directorio de Cerámicas Cordillera anunció que terminaba su giro como industria del sector. Acaso, importará productos terminados de otras latitudes. Sólo con estos dos cierres industriales, son más de mil 500 trabajadores que quedan en la calle pese al “blindaje” de la economía chilena, como no se cansa de repetir el hombre de Hacienda. Un proceso de evidente deterioro laboral, el que ha quedado incluso anotado hasta en las estadísticas oficiales. Según la última medición del INE, el desempleo durante el periodo entre diciembre y febrero alcanzó a 7,3 por ciento, cifra sensiblemente más alta, en casi un punto, a la registrada el año previo. Aun cuando durante el pasado verano hubo un aumento de toda la fuerza laboral, hubo también una fuerte expansión del desempleo. El número de desocupados saltó durante ese periodo en un 20 por ciento si se compara con la situación de un año atrás. Y todo esto en una economía “blindada”.

El cierre de Cerámicas Cordillera no puede expresar con mayor evidencia la tendencia que ha tomado la economía chilena. De tan abierta, de tan entregada al libre juego del libre mercado, ha quedado expuesta al torbellino financiero desatado por la crisis de la economía estadounidense. Todas las variables, aquellos “equilibrios macroeconómicos” chilenos tan mentados por el establishment financiero-empresarial, se han, sino no desestabilizado, sí escorado, desordenado. La economía chilena, y por cierto la gran mayoría de los chilenos, viven en un equilibro precario.

Bellavista, en su momento, y ahora Cerámicas Cordillera, han apuntado con claridad a los motivos del desastre: simplemente, la apertura comercial, el encarecimiento de la energía y la caída en el tipo de cambio, este último no atendido ni por Hacienda ni por el Banco Central hasta mediados de abril. El modelo neoliberal, construido durante la dictadura y mantenido por la Concertación, ha iniciado, de la misma forma que en el resto de Latinoamérica, o en los mismos núcleos de las finanzas mundiales, un camino de desinstalación, que está expresado en las nacionalizaciones –desde las encubiertas, provocadas por la crisis subprime en Estados Unidos y Europa- hasta las evidentes y deseadas, como sucede en Sudamérica, así como el inicio de prácticas que privilegian y protegen los mercados internos. Se trata de un proceso en marcha difícil de negar.

No puede, sin embargo, hablarse de cambios en un solo sentido. En un periodo de crisis, los acomodos y reacomodos pueden apuntar hacia nuevas formas de relación entre el capital y el trabajo, a transformaciones en el modelo de acumulación. Las más recientes crisis mundiales, económicas, sociales, políticas, han sido utilizadas por el gran capital para instaurar el modelo neoliberal. En esta nueva crisis, en el caso que las fuerzas sociales estén otra vez fragmentadas y confundidas, las vueltas de tuerca de la historia podrían volver a jugar a favor del gran capital. Lo que ha sucedido en Estados Unidos, con una Reserva Federal que acude en auxilio de la gran banca privada con miles de millones de dólares, es una señal respecto a dónde quiere el poder político y económico llevar estos cambios. La FED acude en ayuda de los dueños de los bancos mientras millones de pequeños deudores quedan en la calle al perder sus viviendas.

El trágico síndrome de Cerámicas Cordillera

El cierre de Cerámicas Cordillera apunta a una estrategia empresarial, sin duda impulsada por las oscilaciones de la economía mundial, pero también empujada, por omisión, por el gobierno Una movida que ha sido intuida por sus trabajadores, quienes observan en el cierre de la planta una clásica estrategia de transnacional para reducir costos y aumentar las utilidades. La planta se cerrará en Chile por sus altos costos de producción, lo que dará paso a importaciones de los mismos productos desde países con menores costos. Lo que sucede con los textiles, con los plásticos, con la industria metalmecánica, con cualquier manufactura, está presente también en las cerámicas. El efecto trágico de una causa que todo el mundo ve ¡Con la excepción del gobierno y el Banco Central! Un efecto que seguirá reproduciéndose hacia otros sectores.


Cordillera es parte del grupo Pizarreño, cuyo propietario es el consorcio belga Etex. En Chile, Pizarreño controla, además de Cerámicas Cordillera, Ladrillos Princesa, Duratex, Romeral, Etersol, Fibrocemento Pudahuel, Tejas Chena y últimamente adquirió la propiedad de Aislantes Nacionales. Es uno de los más grandes fabricantes de materiales de construcción a nivel mundial y tiene representaciones en varios continentes. En América Latina está en Chile, Perú, Colombia, Brasil y Argentina.

Cerámicas Cordillera no cierra sus actividades como empresa. Seguirá comercializando sus productos, los que importará desde mercados de menores costos de producción, según informó el directorio. Para el sindicato, esta determinación “no es casual y se aprovecharán las condiciones ventajosas que tienen en la región para mantenerse como empresa. La producción de cerámicos se trasladará a las empresas del grupo Etex en la región, donde sus insumos principales (energía y mano de obra calificada) podrán ser obtenidos a costos más bajos que los que disponen en Chile. Los cerámicos producidos allí serán comercializados en Chile bajo la marca Cordillera”.


La estrategia fue confirmada por la misma empresa. Su gerente general explicó dos cosas, los motivos del cierre y sus proyectos. El cierre, le dijo a El Mercurio su gerente, Roberto Calcagni, fue detonado por un aumento “exorbitante del precio del gas, su principal insumo, que experimentó alzas cercanas al 600% en los últimos cinco años y que hoy alcanza valores que son hasta seis veces más altos que los que pagan los fabricantes de productos cerámicos en países vecinos”. El otro motivo surge del valor del dólar, que inhibe las exportaciones.


Cerámicas Cordillera tiene casi la mitad el mercado chileno de pisos y revestimientos cerámicos. El resto, explican fuentes de la empresa, es importado, a costos finales mucho menores. Por tanto, la empresa decidió a unirse a este grupo de importadores. Lo dijo Calcagni: "Queremos tomar una parte de eso, vía productos importados, es la base del futuro". La importación la harían desde plantas que controla el grupo en otros países sudamericanos. Como consecuencia, se abre un periodo de desempleo y de fuerte inestabilidad económica en este sector.


La decisión del grupo Pizarreño no es inusual y, muy por el contrario de lo que han ostentado los gobiernos de la Concertación, se enmarca en un proceso ya conocido. La inversión en Chile, descartando las privatizaciones de las empresas de servicios, está orientada a los sectores de recursos naturales, liderados éstos por la minería. Estos sectores, hay que recordar, no solo generan escasa y poco calificada mano de obra, sino que su actividad es altamente depredadora y contaminante. Chile, país de cazadores recolectores.


Es posible, y así lo estima el sindicado de Cerámicas Cordillera, que la decisión de la empresa no sea de largo plazo. Los trabajadores estiman que la inversión en Chile es muy alta –de unos 20 mil millones de pesos- como para cerrarla definitivamente. “En un par de años más los problemas de abastecimiento energético podrán estar resueltos con la apertura definitiva de las plantas gasificadoras y las diversas alternativas que puedan desarrollar para entonces. En ese mismo tiempo podrán volver a contratar a trabajadores con un precio mucho más bajo que el que ahora nosotros representamos (…) Esa es la forma en que operan las empresas transnacionales en economías abiertas como la nuestra, los capitales se mueven de un lado a otro buscando mejorar su ganancia, sin importarles el desarrollo de los países donde se instalan, donde menos aún le importan los rostros y familias de las personas que le venden su fuerza de trabajo y su conocimiento”.


Una estrategia no solo amparada, sino reforzada por las políticas económicas de los gobiernos chilenos. Porque los graves problemas de abastecimiento energético son el efecto de políticas ineficientes y mal planificadas, en tanto los problemas derivados por el tipo de cambio surgen de una institucionalidad, diseñada e instalada con dedicación y parsimonia durante décadas, que inhibe al Estado intervenir en los mercados.


De forma más directa es la impresión del dirigente laboral de Cerámicas Claudio Castillo. Hay chilenos “que estamos sujetos a la competencia desleal de la importación indiscriminada de productos que han barrido con la industria nacional. no ha habido piedad con los trabajadores chilenos. Tenemos la leve sospecha que quieren reabrir la empresa en unos meses más, pero con sueldos de hambre”.

Una amenaza mucho mayor

Como amenaza mayor está la percepción del inicio de un periodo de cambios, acaso de crisis, en el modo de producción capitalista. Hay, una vez más, transformaciones que conllevan un reacomodo del capital, con graves consecuencias para los trabajadores. El cierre de la salmonera de capitales noruegos Marine Harvest, en Puerto Montt, que lleva a la cesantía a más de mil 500 personas, está ligado a otros cambios, como la contracción de la japonesa Salmones Antártica, en Chiloé, con efectos en una importante reducción de personal. El motivo más directo argumentado por estas empresas no ha sido el encarecimiento de sus costos por la caída en el precio del dólar, sino un problema incluso mayor. El cierre de Marine Harvest es una evidente consecuencia del mal manejo ambiental, de una industria depredadora que no puede conciliarse con su entorno natural, de un tipo de actividad e inversión introducida a contrapelo.


En un comunicado que anuncia el fin del Colectivo de Trabajadores de la Región Metropolitana (CC.TT.-R.M.)- texto de intensa crítica y autocrítica- hay una referencia al momento que vive la economía chilena y de los cambios que se avecinan. “El capitalismo neoliberal empieza a dar muestras de debilidad en su propia reproducción. Las dificultades que enfrentan las fracciones exportadoras no mineras del capital, afectadas por un tipo de cambio a la baja durante los últimos años, el estancamiento del ritmo de inversión en la industria, la agricultura y el sector de servicios financieros, comunicaciones, AFP, etc., y el déficit energético, ha hecho sonar ya las alarmas para el corto y mediano plazo. Hay visos y anuncios de un entrampamiento estructural del patrón de acumulación engendrado por una contrarrevolución neoliberal más que madura”. Los cierres de empresas son una primera y palmaria señal de este proceso.


El documento halla una expresión de esta inestabilidad en el ámbito político. “La ralentización prolongada del crecimiento ha forzado trayectorias asimétricas en las tasas de ganancia de los diferentes segmentos empresariales, y las expectativas respecto del futuro están siendo caldo de cultivo para la emergencia de contradicciones entre las fracciones del capital. Estas se manifiestan ya con mayor frecuencia en presiones sobre el Estado y la política económica, y comienzan a alterar las correlaciones de fuerza al interior del bloque en el poder. Muchas señales confirman esta tendencia: los realineamientos respecto de la educación, la estrategia exportadora, el rol del estado y la desigualdad, las condiciones laborales, la propiedad privada sobre los recursos naturales, etc., reordenan las fuerzas que, en la superficie, se manifiestan en las recurrentes crisis en la Alianza y en la Concertación”.


El mismo fin de semana del cierre de Cerámicas Cordillera y de la enorme salmonera en Puerto Montt, Michelle Bachelet discurseaba en China con orgullo sobre los múltiples tratados de libre comercio que Chile ha suscrito con otros países, entre ellos, con la misma República Popular China. Un discurso que elogiaba, precisamente, una de las causas del desastre industrial. Porque tras ya varios años de la vigencia de diferentes TLCs, entre ellos con potencias económicas como la Unión Europea, Estados Unidos y China, nada ha variado para bien de la economía chilena. Por lo menos, no para el beneficio de sus ciudadanos.


Silvia Ribeiro, investigadora del grupo ETC (Grupo de acción con sede en Canadá sobre la erosión, la tecnología y la concentración) en un artículo sobre los TLCs publicado a mediados de abril, afirma que “a través de los TLC, las empresas transnacionales han podido aumentar exponencialmente sus ganancias, no sólo por la ampliación territorial de sus mercados, sino al lograr convertir en mercancía recursos naturales y aspectos vitales para la sobrevivencia, como la biodiversidad y los conocimientos sobre ella, el agua y los servicios necesarios para poder disfrutarla, los medicamentos, la educación y la atención a la salud, entre otros”. Un fenómeno cuyos efectos, hoy podemos observar, se expresan de forma extremadamente perjudicial en los ámbitos económicos (crisis financiera global), social (crecimiento de la desigualdad, desempleo, empleos precarios, pobreza), político (como efectos directos de la desestabilización económica y social) y medioambiental (degradación del medio ambiente, explotación indiscriminada de los recursos naturales, calentamiento global, como la suma de todos los factores.


Hemos entrado en una nueva crisis, lo que no significa la transformación del capitalismo o el paso a un estado mejor. Las crisis del capitalismo, que generalmente han sido forzadas, como bien lo demuestra la autora canadiense Naomi Klein en The Shock Doctrine, han sido utilizadas por el gran capital global y por las oligarquías nacionales para aterrorizar a la ciudadanía e imponer cambios, en todos los casos para desmantelar la institucionalidad que favorece a las personas e instalar una nueva que beneficie al capital. Así sucedió desde el golpe de Estado en Chile, pasó en Bolivia, en Argentina, en Polonia o Sudáfrica, así ha sucedido en Irak y así sigue sucediendo. Violencia y miedo. Mucho miedo.


Escribe Klein (pág.20): “Por 35 años, lo que ha animado la contrarrevolución de Milton Friedman es la atracción hacia una especie de libertad, disponible sólo en momentos de cataclismos, cuando la ciudadanía y sus demandas están aplastadas. Ello surge en momentos cuando la democracia parece una práctica imposible”. Si somos pesimistas, esta nueva crisis, aún sin rasgos de cataclismo, es posible que vuelva a ser usada por el gran capital para obtener nuevos beneficios. Si somos más optimistas, podemos pensar que está el germen de una recomposición de los movimientos sociales y el empoderamiento de la ciudadanía.


Durante la última reunión del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM), realizada hacia mediados de abril en Washington, las advertencias fueron más o menos claras. El terremoto, que se mueve desde arriba, desde aquel templo del capital, que es Wall Street, ha comenzado a tener sus réplicas en los suburbios de Puerto Príncipe y en algunas capitales africanas. Si en Wall Street los rostros están demacrados por la pérdida en el valor de las acciones y la caída en las utilidades de los grandes bancos, en Haití y Africa se observan rostros crispados por el hambre, que demandan el fin al encarecimiento de los alimentos.


Durante los últimos dos años, el precio de los alimentos ha subido un 80 por ciento, efecto, bien sabemos, de la especulación financiera que busca nuevas formas de inversión. Este fenómeno, dice el FMI, que ya afecta a muchos países pobres y en desarrollo –el proceso de reducción de la pobreza ha retrocedido en todo el mundo- se trasladará también al resto de la economía.


“Esta puede ser la ruta de un gran conflicto en el futuro. Si los precios de los alimentos continúan como hasta hoy, entonces las consecuencias serían terribles”, declaró Dominique Strauss-Kahn, director gerente del FMI.
Desempleo y alza de los precios básicos. Una mezcla perversa, trágica y… explosiva.

PAUL WALDER