WALDERBLOG - "El desvío de lo real"

viernes, julio 22, 2005

Las oscuras tendencias de TVN


TVN, la televisión pública, ha pasado a ser la televisión popular, concepto, por cierto muy noble, que más se acerca al marketing que a la política –que hoy parecen ser lo mismo- o a la sociología. El acercamiento lo ha venido haciendo en el entretenimiento, desde las teleseries, series y los espacios de conversación con figuras del espectáculo, pero también lo hace el periodismo de reportajes e investigación, que ha ingresado en un terreno híbrido que fusiona la ficción dramatizada con la información. El siguiente paso, un poco más atrás y hasta muy poco tiempo aún vacilante, está destinado a los informativos. Aquel género espurio comienza a penetrar lo que otrora era el espacio para la información dura.

El espectáculo debe seguir, reza una vieja consigna de los escenarios. El espectáculo, claro está, sigue y abarca hoy el resto de la programación, que ha de desarrollarse bajo los criterios del drama, que para este caso es también el criterio del terror, del dolor ajeno que puede ser el propio, y el impacto visual, traducidos bajo el concepto de rating. Abarcar la mayor audiencia posible con todos los mecanismos posibles. Un ejercicio que finalmente acaba en el promedio estadístico, en un algoritmo compuesto por el número de mentes interesadas en la pantalla, su poder adquisitivo y los retornos, medidos, finalmente, en ingresos publicitarios.

El informativo central de TVN, 24 Horas, ha devenido en un espacio que en la prensa escrita nacional halla sus referentes en La Cuarta o en Las Ultimas Noticias. Un espacio informativo audiovisual que se transparenta a sí mismo en su necesidad de adaptar su programación, aunque ésta sea informativa, a los intereses o la falta de intereses de la audiencia.

Pese a tener a dos de los periodistas más competentes de la televisión como conductores, la modificación en los contenidos y en el formato de estos contenidos ha sido demasiado evidente desde el cambio de editor jefe, hace unos pocos meses. El resultado, o el elaborado producto, es un continuo de casos policiales, dramas personales, algo de información institucional, y cosas raras, como enfermedades exóticas o historias de fantasmas. Entre tan exuberante material aparecen, en constreñidos y fugaces bloques, noticias supuestamente irrelevantes para TVN, como reformas constitucionales, caso MOP Gate y elecciones. Que nadie diga que TVN no cubre la información política.

La tendencia, aun cuando respondería a una recuperación de una perdida audiencia, refleja también el momento político nacional, con un gobierno saliente asediado por casos de corrupción y elecciones en el corto plazo. Para generar una imagen de neutralidad partidaria TVN esquiva la información política y opta por el espectáculo. En el intento por evitar conflictos, derriba de un solo golpe su función como medio de información. Una estrategia que puede llegar a ser comprensible en un medio privado, pero es inaceptable en uno de carácter público.

El teórico norteamericano Neil Postman afirmaba en su ensayo “Divertirse hasta Morir” que la televisión ha reducido a un espectáculo la política, la religión, los deportes, la vida social o el comercio. Todas estas actividades han sucumbido hasta su muerte en una patológica diversión, lo que queda en evidencia al observar, por ejemplo, que el discurso político ha terminado en un extraño relato compuesto por el marketing y la retórica del show business. La ubicua televisión ha reducido los contenidos y los ha convertido en imágenes, en, podríamos decir, en un trabajo dramatizado de edición. Un proceso que pone sus teorías muy cerca del famoso aforismo de MacLuhan: “El medio es el mensaje”. Esto es, el medio, la televisión en sí misma, reemplaza a los contenidos. Otros autores coinciden con Postman al afirmar que la televisión es un medio que se consume más allá de su programación: vemos TV, sin importarnos demasiado si hay una película, una serie o un reportaje. Ante la obsesión por la televisión perdemos la capacidad de selección y discriminación.

La televisión chilena y TVN, que es el caso que nos preocupa, ha llevado este fenómeno hasta sus últimas consecuencias, lo que significa haber vaciado de contenidos relevantes sus informativos. Ante una audiencia moldeada y también deformada por la televisión “apolítica” de la dictadura, ante una cultura corporativa y política que privilegia la rentabilidad de una empresa por sobre su función o la calidad de su producto, es difícil pensar en una televisión distinta a la que tenemos. Pero convertir el informativo del principal medio público en un show de la crónica roja es otra cosa.

lunes, julio 18, 2005

Sujetos de mercado


De sujetos sociales hemos pasado a ser sujetos de mercado. Es ésta nuestra actual condición, la marca de nuestra estrenada modernidad, condición necesaria –por ser hoy quizá la única– de integración social. Somos consumidores, clientes, que es lo mismo que ciudadano o persona. Nuestra tarjeta de crédito, la factura –pagada, por cierto- del agua y la luz, vale lo mismo que el DNI.

Cuando el presidente del Banco Central y los ministros del área económica nos prometen un año de consumo no nos están invitando a derrochar en el mall –como si ello fuera una acción mágica sin efectos terrenales y colaterales- sino a gastar, lo que, en nuestra realidad promedio, es también el pago de cuentas de los servicios, de la salud y la educación. Somos y seremos grandes consumidores, porque todas nuestras necesidades básicas se mueven hoy en día bajo la égida del mercado. Consumir es comprar el pan, una zapatilla china y también pagar el teléfono y la salud.
Aceptaremos que habrá más consumo, que este año, según nos vaticinan, crecerá un ocho por ciento, proporción suficiente y necesaria para mantener en plena exhibición las estadísticas macroeconómicas y atenuar nuestras inquietudes. Pero también habría que considerar que gran parte de este consumo se desvanecerá en la subsistencia diaria, en nuevos y más complejos servicios. Ya no solo es la cuenta del agua, sino también el saneamiento de los residuos líquidos, no sólo es el permiso de circulación, también el TAG, no solo el teléfono, sino el paquete de alta velocidad.

Como el estado no es ya de bienestar, ni empresario, acaso subsidiario, y se ha desprendido de facultades que respondían a derechos ciudadanos, porque hoy aquel ciudadano- consumidor, ha de adquirir aquellos viejos derechos, ahora revestido cual exclusivas mercancías, en el mercado. Desde la circulación, a la salud, a la educación, por cierto que al ocio, y también a la muerte. No hay actividad que no esté regida por las leyes del comercio, que no sea un nicho de mercado.

El consumo es el peaje que hemos de pagar para nuestra integración social. El estado aún guarda sus últimos salvavidas para los márgenes más extremos, pero el grueso de la población, antes sociedad civil, cuerpo social o productivo, ha sido liberado a sus propios designios. ¿Emancipación del estado? Tal vez. Pero una libertad a medias, porque hemos pasado de las burocracias públicas a la privadas. Quién sí se ha liberado ha sido el estado, que se ha quitado la carga de su función social.

Aquellos derechos, expresados en el acceso a la salud, a la educación gratuita, en prestaciones básicas subsidiadas, como el agua y la luz, pasaron a ser bienes que se consumen con toda la carga simbólica de un producto de consumo masivo. Los viajes por la ciudad, la comunicación, la educación y la salud son servicios adquiridos en el mercado como cualquier otra mercancía ofrecida en un mercado bien segmentado. No es lo mismo circular por la costanera norte que andar en micro, como tampoco el plan del celular ni el tipo de establecimiento en el que se recibe la educación.

La desigualdad en los ingresos nos lleva a intuir que existe un enorme esfuerzo para enfrentar los costos de los servicios privatizados, lo que significa un gran esfuerzo por permanecer simbólicamente integrados Pero se asume en silencio, en la intimidad, como si se tuviera vergüenza de exhibir en público las dificultades en el pago de tales necesidades básicas, como si prescindir de ellos fuera algo tan bestial como la ausencia de alimento.

Se trata también de la gran apariencia, como si estas mercancías, esta experiencia de consumo, fuera la reproducción a escala doméstica de los tan publicitados equilibrios macroeconómicos. Estar fuera de ellos es estar fuera de la modernidad.

Nuestra identidad la modela nuestro consumo. Nos moldeamos como individuos por los objetos que consumimos, aun cuando habría que precisar que estos objetos, por sí mismos, reificados, ya casi no tienen valor como objetos. Su valor está incluso más allá de su entidad como mercancía; está en la experiencia que otorgan, ya sea real o virtual. La experiencia de la comunicación, del traslado a alta velocidad, de un seguro de salud de cinco estrellas.

Chile, que ha dado un salto a un tipo muy peculiar de modernidad de mercado, la que es discontinua, con grandes espacios desérticos –o tal vez al revés, un desierto con oasis de modernidad- la expresa de forma muy manifiesta en la oferta de sus servicios, entregados por corporaciones globales.

El filósofo eslovenio Slavoj Zizek plantea que un rasgo definitorio del capitalismo posmoderno –el que existe en estas corporaciones y sus productos e intenta trasmitir a un mercado tal vez no tan moderno y menos posmoderno- es la mercantilización de la experiencia misma: lo que compramos en el mercado son cada vez menos productos tangibles sino experiencias vitales. Los objetos materiales son sólo el sostén de esta experiencia, los que se ofrecen cada vez más en forma gratuita para seducirnos a comprar la verdadera mercancía experiencial, como los celulares gratis si firmamos un contrato anual.

Cómo se ha logrado cargar del simbolismo del consumo lo que hace poco eran simples derechos adquiridos? ¿Cómo se ha logrado fetichizar, según el análisis de las mercancías de Marx, lo que eran derechos básicos que debía de otorgar el estado?

La ubicuidad de las grandes corporaciones no es sólo territorial, sino que se sumerge en nuestras subjetividades y las moldea a través de un enorme aparato comunicacional. Cuando el estado y los partidos gobernantes han claudicado en su función de generar políticas y discursos públicos, han sido las grandes corporaciones, guiadas por su olfato mercantil, las que conducen nuestras actuales y muy probablemente futuras necesidades, las que son satisfechas, o creemos que lo son, con productos y servicios cada vez más simbólicos.

Chile ha sido denominado en ciertos ambientes como un laboratorio del neoliberalismo, lo que nos lleva a preguntarnos nuevamente acerca de nuestra esforzada fruición por el consumo. Fruición, obsesión, porque, que uno sepa, no hay un rechazo masivo por la oferta de estos nuevos servicios ni por la pérdida de derechos adquiridos. Lo que hemos visto son reclamos aislados en los departamentos de atención al cliente o aún más raras denuncias ante el Sernac.

Sin ser agorero, lo que estamos observando en nuestra afectuosa relación con los servicios públicos es una faceta más de lo que Tomás Moulián llamó hace unos años el Chile Actual. Lo que vemos es un país que reafirma aquella actualidad.


viernes, julio 15, 2005

El trabajo accesorio

Las estadísticas oficiales nos dicen que el desempleo va en retirada y nos acercamos a los niveles previos a las crisis que han golpeado los sistemas económicos desde finales de los años noventa. La tasa de desempleo nacional registró un 8,3 por ciento en mayo pasado, el número de ocupados creció un 4,3 por ciento respecto a mayo del 2004 y la fuerza laboral aumentó un 3,3 por ciento en el mismo periodo. En una expresión menos numeral, podemos observar que aun cuando una buena cantidad de personas ha ingresado al mercado laboral durante el último año, este proceso no ha generado un mayor desempleo. Por el contrario, lo que tenemos es una expansión de las plazas laborales en, según calcula el INE, casi 240 mil nuevos empleos. Pese a la contracción de la cesantía, que en Santiago ha bajado en el periodo analizado desde casi un diez a un al 8,2 por ciento, el INE también constata que en el país permanecen sin trabajo más de medio millón de personas, de las cuales prácticamente la mitad viven o padecen en Santiago. Lo que no nos dicen las estadísticas es qué tipo de trabajo se ha creado ni las condiciones en las que se desarrollan los vigentes.

Una encuesta elaborada por el Instituto Libertad y Desarrollo complementa y profundiza las frías estadísticas del INE. Se trata de un sondeo que mide la percepción sobre el mercado laboral, la que revela el clima de vulnerabilidad del trabajador chileno. De la encuesta se desprende que ha disminuido la percepción de encontrar un empleo en lo que resta del año, la familia es la principal fuente de apoyo económico para los cesantes, y, entre los activos, casi la mitad aspira a una mejor remuneración, un 31 por ciento a algo más seguro y un 13 por ciento con mejor horario.

El trabajo, como también la ausencia de trabajo, es en Chile un problema. Una actividad precaria, que expresa toda su debilidad en su fugacidad y en sus múltiples insuficiencias: la gran mayoría de los trabajos sólo se apoyan en la palabra, no cuentan con seguridad social ni salud y no logran satisfacer todas las necesidades más básicas. Para qué hablar de vacaciones pagadas ni reales seguros de cesantía. El trabajador ha de multiplicar de manera prodigiosa su sueldo para pagar gastos básicos como salud, educación, medicamentos, transporte, vivienda, todos ellos, en algún otro momento de la historia, derechos adquiridos que proporcionaba el estado. Debe, incluso, pagarse su propia jubilación –que hoy es voluntaria- si no desea ingresar como anciano a las legiones de indigentes. ¿De dónde obtiene todos estos recursos? Lo que parece un enorme misterio estadístico es nuestra oculta realidad.

Quien tiene trabajo tampoco lo tiene: pertenece al empleador. Los empleos son siempre temporales y frágiles. Los contratos laborales son subcontratos efectuados por el subcontratista del proveedor de un proveedor de la gran empresa. Una larga cadena de papeles mojados y frágiles convenios que ponen al trabajador como una entidad intercambiable y desechable y convierten su vida laboral en una inquietud permanente. El trabajo, que en la historia de la lucha social ha tenido ribetes de tortura y explotación, hoy añade este nuevo suplicio a su tradición. No sólo son cada vez menos los que pueden vanagloriarse de los beneficios laborales, sino hoy escasean aquellos que pueden gozar de mera estabilidad.


El empleo y el desempleo no es un problema individual. Es un mal colectivo que reconfigura de manera muy desigual la forma de vida y hasta el espacio urbano. Santiago vive hoy más el problema de la desindustrialización que de la industrialización. Ha ingresado en este extraño camino inverso del capitalismo posmoderno, que genera crecimiento económico sin empleos o, lo que a largo plazo es un poco lo mismo, con empleos temporales e informales. Pese a su decadencia laboral y social, Santiago mantiene su estatus de polo de atracción campo ciudad, la fuerte centralización del país inhibe su descompresión y es incapaz de generar no sólo empleos de calidad, sino también sólidas expectativas de vida, las que en otros momentos se apoyaron, precisamente, en el trabajo. Los barrios pobres, periféricos de Santiago, no son hoy un producto de la industrialización, como lo fue durante gran parte el siglo XX, sino de la falta de expectativas y de trabajos. Son un subproducto de la inestabilidad, la desigualdad y la pobreza. Santiago crece pese a la decadencia de su industria, a la reducción de su aparato público, la pérdida de poder adquisitivo de las clases medias y sus 227 mil desempleados.

domingo, julio 10, 2005

La televisión impone sus normas

Un extraño episodio de características legales ha confundido los escenarios del espectáculo medial. Un grupo de espectadores ha tomado con seriedad su categoría de consumidor televisivo, aunque ésta se limite a llamadas telefónicas, encuestas y votaciones electrónicas, y ha llevado su rabia y frustración ante el Servicio Nacional del Consumidor (Sernac). Hablamos del reality show “La Granja Vip” de Canal 13, un programa que basa su estructura dramática y desarrollo en las preferencias del público, entidad que ha pasado a ser participante, y en este caso ha mutado en consumidor. El suceso que nos convoca ha sido una decisión unilateral de los productores de La Granja, quienes no respetaron la voluntad de los espectadores-electores, que en este caso han sido los derechos de los consumidores.
El episodio genera enormes disociaciones y contradicciones, pero también nos devela esa esencia, artificialmente mágica, de la televisión. De partida, la TV es consumida como un producto real, como una realidad, no obstante esa noción de realidad, que se construye en los espectadores, no es compartida por sus mismos creadores. Para aquel lado de la pantalla, la TV es una industria más, que en este caso fabrica deseos, ilusiones, ficción, lo que es el show business, que es también negocios. La contradicción a la que aludimos surge cuando los creadores de La Granja, que la han publicitado como un evento real (a diferencia, puede ser, de una teleserie, que es ficción), terminan alterando y dramatizando por cuenta propia, tal vez agregando más realidad a la realidad, lo que genera un clásico y editado producto de televisión. De las declaraciones de los productores del programa aparecidas en la prensa se puede recoger con bastante claridad este criterio: “Es un juego y la final la decidió un grupo al interior de La Granja Vip” dijo la gerencia de producción de este canal. Estamos, decimos nosotros, en el terreno de la televisión, que es entretención y fantasía.
El evento citado se ha estrellado con nuevos elementos, como lo es, entre otros posibles, la férrea y ceñuda defensa que ha hecho el espectador por mantener a la TV en su estatus de realidad. Para este espectador-consumidor la televisión tendría la misma categoría que cualquier otro producto o servicio. Su única falsedad o irrealidad estaría en el engaño, en unas expectativas no cumplidas generadas por el vendedor o avisador. Dan lo mismo unas zapatillas defectuosas, un crédito con comisiones no alertadas o un programa de televisión presentado en condiciones confusas. En todas las situaciones, estarían vulnerados los derechos del consumidor.
A las autoridades del Sernac, a diferencia del canal, el “juego” no le ha hecho gracia. Se ha tomado las cosas con seriedad y ha relacionado las condiciones del programa con la normativa de los sorteos y promociones incluida en la ley del Consumidor: “En toda promoción u oferta se deberá informar al consumidor sobre las bases de la misma y el tiempo o plazo de su duración. No se entenderá cumplida esta obligación por el solo hecho de haberse depositado las bases en el oficio de un notario”. Pero estamos en un territorio diferente, que es la ilusión con apariencia de realidad.
La discusión no es nueva y ya ha estado más o menos cínicamente zanjada en otras latitudes. Podemos recordar The Quiz Show, el film de Robert Redford de 1994, el que narra peripecias similares en un concurso de la televisión norteamericana durante los comienzos de los años sesenta. La película, que está basada en hechos reales, relata la historia de un programa que consiste en una serie de preguntas a los concursantes, quienes, por cierto, han de responder acertadamente. La historia se complica cuando un abogado que trabaja para un comité del Congreso sospecha que el concurso es una estafa porque los concursantes conocen las preguntas de antemano. Lo importante para la televisión y los avisadores no era el concurso en sí mismo o la solvencia de los concursantes, sino el impacto que causaba en el espectador, medido a través del rating.
El sentido de este relato es contar que el caso se discutió en el Congreso de Estados Unidos, corporación que liberó a la televisión de todas las acusaciones de engaño o estafa. En una interpretación libre, lo que dijeron los congresistas fue que se trataba de entretenimiento, de televisión, de ficción en suma, lo que redimía a la estación respecto a los métodos con los que elaboraba su producto.
Está claro que aquella decisión estaba sostenida por intereses económicos que requerían de una televisión en el umbral de la realidad: para ciertos temas es un circunspecto espejo del mundo, pero en otras circunstancias es simple entretención, denominación que aguanta toda la ambigüedad e interpretaciones posibles. Nuestra televisión tal vez va aún más lejos, porque ha logrado meter en esta confusa categoría toda su programación. El reality show va desde el matinal a los telediarios.